Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús, después de un encontronazo más con los escribas y fariseos, -tal vez decepcionado por la cerrazón de su corazón- se retira a la región de Tiro y Sidón, que eran territorio de paganos. Yendo de camino, le sale al encuentro una mujer cananea que le ruega, a gritos, por su hija enferma: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.” Jesús no respondió nada. Ella no era judía, pero ha descubierto lo que muchos en Israel no habían sabido ver: que Jesús es el Mesías; de ahí su “Señor, Hijo de David”, que es un título mesiánico. Aunque Jesús no responde, la mujer insiste en su ruego, tanto que los discípulos se sienten molestos. Buena lección de cómo orar. Decir al Señor, sencillamente, con total confianza: “Señor, ten compasión de mí, mira lo que me pasa...” Y aunque no responda, insistir con humildad, sin cansarnos, sabiendo que nada de lo que le decimos cae en el vacío, sino que él lo recoge todo en su corazón bueno... y ya responderá.
2. Cuando la mujer alcanza al grupo, se echa a los pies de Jesús: "Señor, socórreme." Él le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos." Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos." ¡Qué lección de humildad la de aquella mujer! La respuesta de Jesús era como para desanimar a cualquiera: él ha venido para los “hijos” (los judíos), no para ocuparse de los “perros” (los no “no-judíos”). Pero la fe de aquella mujer era demasiado fuerte como para romperse ante la primera dificultad. Y argumenta a Jesús con osadía confiada. Pero no como los fariseos que, porque se creían con derechos, lo hacían desde la arrogancia y la soberbia. Ella argumenta desde la humildad del “sin-derechos”: “también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Señor, me emociona la respuesta humilde de aquella mujer. Tu corazón se debió llenar de alegría. Ahí tenías una mujer sencilla, pagana, pero con una fe robusta, a prueba de tu silencio y hasta de esa respuesta tuya que suena a desprecio. Y su fe y su humildad te vencieron, Señor, y –como en otras ocasiones- alabas la fe de aquella extranjera y le concedes lo que pide: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas." En aquel momento quedó curada su hija”.
3. Cuántas veces, en la oración, ante el silencio del Señor, nosotros –“los hijos”, los cristianos de siempre que nos creemos con derechos- nos desanimamos y desistimos. Aprendamos de aquella mujer pagana a orar perseverantemente... Al Señor no podemos exigirle nada, pero sí podemos esperarlo todo de su amor. A lo mejor no nos da lo que le pedimos, pero tengamos por seguro que responderá a nuestro ruego llenando nuestra vida de más amor y más entrega. Santa Teresa de Jesús, la gran orante, animaba a la perseverancia en la oración con estas palabras: «No por eso desmaye y deje la oración y de hacer lo que todas, que a las veces viene el Señor muy tarde, y paga tan bien y tan por junto como en muchos años ha ido dando otros.» (Camino de perfección, cap. 17, 2). Señor, gracias por esta página tan tierna y entrañable de tu evangelio; enséñame hoy a orar con la perseverancia y la fe y confianza aquella cananea.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.