Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús a los que han “entendido” y acogido su palabra –a los suyos- les explica los distintos grupos de oyentes. “Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino ”. Son los que oyen la Palabra como quien oye llover: llega al oído, pero el mensaje no penetra en el corazón. Viven tan “evadidos” de sí mismos, con el corazón y la cabeza tan llenos de ruidos, de inquietudes mundanas, de televisión y superficialidades, que ni se enteran... Son como camino duro, donde no puede arraigar la Palabra, y “viene el Maligno y roba lo sembrado”. Trágico, Señor, vivir tan superficialmente, tan desinteresado de lo importante, que es como estar sordo a tu Palabra. Y a eso puedo llegar también yo, si no vivo vigilante.
2. En segundo lugar están los que escuchan la palabra con gusto y hasta con cierto entusiasmo, pero no llega a arraigar en su vida: “Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe”. El temor a las consecuencias de decir sí a la palabra impide que arraigue: habría que ir a contracorriente de lo que pide una vida cómoda, de lo que “se lleva” o “hace todo el mundo”, del ambiente hedonista y anticristiano que nos rodea. Y esto hace que se abandone a Cristo y su Palabra. Y lo mismo ocurre a los representados por el terreno con zarzas: “escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.” Al escuchar la Palabra, se piensa que es maravillosa, que sería estupendo que todos la viviéramos. Pero el corazón está tan lleno y preocupado por los bienes materiales y asuntos terrenos., que no queda tiempo para cuidar la semilla de la Palabra, y, como no se cuida, no crece y queda estéril. Señor, ¿no ando yo con frecuencia entre los inconstantes por cobardía y los obsesionados por lo terreno, sin tiempo para cuidar la Palabra?”
3. Por último está la tierra buena: “significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno." Son los que escuchan la Palabra y la acogen y guardan y cultivan y alimentan mediante la meditación y los sacramentos… Y, sobre todo, ¡la viven día a día, momento a momento! Estos sí producen fruto: el ciento, el sesenta o el treinta por uno. Así ha ocurrido, Señor, en los santos. Y, sobre todo, en María, tu Madre y Madre nuestra. Qué buena tierra fuiste, María, para la semilla de la Palabra de Dios. La acogiste, la guardabas en tu corazón bueno y generoso, la cultivabas con la oración y la fidelidad a la misión que Dios te había encomendado. Por eso en ti dio el mejor fruto: ¡Jesús, el Salvador! Ayúdame, Madre, a ser generoso con Dios, para que también yo pueda dar los frutos de vida cristiana que él espera de mí.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.