Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy la Palabra de Dios nos habla de llamada y de envío. En la 1ª lectura Dios llama a Amós y lo saca de su vida tranquila de pastor y cultivador de higos, y lo envía a denunciar el culto idolátrico de Betel. Y el Evangelio nos presenta a Jesús llamando a los Apóstoles y enviándolos a anunciar el reino: “ llamó Jesús a los Doce y fue enviando de dos en dos…” Hoy, como a Amós y a los Apóstoles en su momento y en su tiempo, también nosotros somos llamados por Dios. El cristiano es uno que se ha sentido invitado por Cristo. Que ha escuchado su llamada, ha creído y se ha ido con él. No se nace cristiano, ni el cristianismo se hereda. Cada uno ha de escuchar la llamada y responder personalmente, como los Doce. Gracias, Señor, por haberte fijado en mí y haberme llamado. ¿Qué mejor regalo podías hacerme que éste de invitarme a ser de los tuyos? Que nunca te traicione y me vuelva atrás, Señor .
2. Pero Jesús no llama sólo para estar con él. El llama para enviar. Cristo no vino sólo para los pocos que pudieron escucharle en persona. Su mensaje es para todo el mundo, y ha de llegar a todos los hombres. Por eso no llama y da la fe como quien entrega unas entradas para el cielo, que hay que guardar para mostrarlas en el último momento. En todo tiempo y lugar Cristo llama para enviar a continuar su tarea; es lo que hizo con los Doce y lo que hace hoy con nosotros: enviarnos a anunciar la Buena Nueva del amor de Dios. Con la palabra, pero, sobre todo, viviendo su mensaje y luchando contra el mal que oprime y hace sufrir a los hombres. Por eso les da “autoridad sobre los espíritus inmundos” que esclavizan a tántos, especialmente a los más débiles: la injusticia, la insolidaridad, el egoísmo, las discriminaciones, del hambre, la soledad, la tristeza, etc., mostrando que la felicidad está en vivir apoyados en Cristo y en su Palabra… Es lo que tú hiciste, Señor Jesús, es la misión que has confiado a tus seguidores. Señor, ¿qué mejor encargo podías hacerme que el de ser continuador de tu obra de salvación? Gracias, Señor, por la confianza que has puesto en mí. Que no te defraude.
3. “Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”. Es decir, han de marchar ligeros de equipaje. Los que él envía no han de llevar nada que no necesiten de verdad. Han de ser testigos contra la tentación del poder y poseer. Y no han de confiar en los propios medio, sino en la fuerza del mensaje. Así, nosotros. Hemos de tener claro que la obra es de Cristo y no nuestra: la fuerza liberadora viene de Cristo que nos comunica su Espíritu para que, aun siendo nosotros débiles y poca cosa, podamos continuar su tarea. Señor, haznos comprender que tú has dejado en nuestras manos tu Evangelio. Que nos has llamado y nos has enviado a entregarlo a los demás. Y si nosotros no vamos, ¿quién llevará tu mensaje a las gentes de hoy, que tanto lo necesitan? Señor, danos tu gracia: que ni te fallemos ni les fallemos.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.