Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Sigue el Señor presentándonos cómo han de vivir sus seguidores. Hoy nos recuerda que Dios es nuestro único Señor. Nadie más. Por eso el discípulo de Cristo no puede hacerse esclavo de los bienes materiales. Sólo el corazón libre de la ambición del tener, se entregará de verdad a Dios y a buscar los bienes del Reino: “Nadie puede estar al servicio de dos amos... No podéis servir a Dios y al dinero. ” No podemos engañarnos, hay que elegir: o ponemos a Dios en el centro de nuestro corazón y en él ponemos nuestra confianza y seguridad, o ponemos al “dios” dinero. O encendemos la vela a Dios o la encendemos al diablo. Pero a los dos, no. ¿A quién damos nosotros más importancia?, ¿a qué dedicamos más interés y tiempo?, ¿en quién confiamos de verdad?
2. El discípulo sabe que tiene un Padre que se preocupa de él, un Padre bueno en quien confiar. Por eso lo que dice Jesús: “ no estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir.” Los ejemplos que pone Jesús de los pajarillos y los lirios pueden sonarnos a invitación a la pereza, a cruzarnos de brazos. Y no. Diríamos que el pajarillo busca su alimento, y el lirio hunde sus raíces en tierra buscando los nutrientes y el agua que necesita. Así nosotros, hemos de trabajar y buscar, pero sin agobios ni desasosiego, confiando en la bondad y el amor del Dios Padre que cuida de sus hijos, pues, si nos da lo más -la vida-, ¿cómo no nos dará lo menos -lo necesario para vivir-? Y el que cuida de las avecillas del cielo y los lirios del campo, ¿no cuidará de nosotros, que valemos muchos más y él nos tiene más cerca de su corazón de Padre? El Señor no nos llama a la pereza, nos llama a la confianza. Pero ocurre que somos “gente de poca fe”, como dice Jesús, y no nos fiamos de Dios ni confiamos en el inmenso amor que nos tiene. Por eso, el afán de acumular bienes de este mundo que nos aseguren la vida. Señor, que confíe en ti como confía el niño pequeño en su padre.
3. Finalmente el Señor nos recuerda que hemos de buscar lo verdaderamente importante, sin dejarnos deslumbrar por lo secundario, por atractivo que se presente: “Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.” Es decir, buscad a Dios y los bienes de su reino: el amor, la entrega, la fraternidad, etc., que no perecen porque se almacenan en Dios. Es lo que hemos de buscar ante todo y sobre todo, porque es lo que nos hace vivir en paz y nos hace ser felices. Por el contrario, el ansia de bienes materiales, ¡cuánta inquietud e insatisfacción produce…y cuántas peleas y enemistades! El que vive para ellos nunca descansa, porque nunca cree haber conseguido bastante. Y termina Jesús con un “dicho” que resume lo anterior: “ Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.” El Señor nos anima a vivir el presente, sin agobiarnos por el mañana. Hemos de enfrentarnos a la dificultad de cada día, pues en cada dificultad experimentaremos la fuerza del amor del Padre. Señor, que confiemos más en ti que en las cosas de este mundo. Que aprendamos que lo nuestro no es acumular, sino compartir. Y que hace más feliz dar que guardar.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.