Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Ayer María Magdalena buscaba al Señor, y Jesús le salió al encuentro. Hoy vemos a dos de los que le seguían que se alejan de Jerusalén, del grupo de los seguidores de Jesús, de la comunidad. Van comentando las cosas que han ocurrido. Llevan en su corazón el desánimo, la desilusión, la frustración. Ellos habían puesto muchas esperanzas en Jesús. Habían creído que él era el Mesías que esperaban. Pero el fracaso del viernes - las fuerzas de la muerte, la cruz- había ha roto todas sus ilusiones y esperanzas. Ahora confiesan su desesperanza: “ Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israe l…” , dicen al peregrino que se les ha unido. Ahora ya no esperan. Se creen solos, abandonados: el Maestro ya nos está con ellos. Y sin embargo, él está vivo y se les ha unido y camina a su lado. Pero ellos no le reconocen. ¡Cuántas veces, Señor, nosotros caminamos por la vida, rotos, desesperanzados, creyendo que estamos solos! Y tú estás ahí, a nuestro lado, y caminas con nosotros escuchando nuestra tristeza…, pero no lo sabemos, no te conocemos.
2. Fue entonces cuando Jesús les dijo: - "¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?" Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura». Jesús echa mano de las Escrituras para iluminar su situación de desaliento. Ellos habían creído en Jesús, pero con una fe interesada. Habían puesto muchas esperanzas en él, pero eran esperanzas equivocadas. Esperaban que fuera el Mesías, pero un Mesías según sus intereses, según la idiología dominante, político, que estableciera un reino terreno, que les hiciera ocupar puestos importantes… Pero no habían llegado a creer que "si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto", ni que era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria ”. Ahora creen que todo ha terminado. ¿ No es ésta también nuestra situación muchas veces y la de muchos cristianos? Seguimos a Jesús, acudimos a Dios, confiamos y esperamos en él porque es nuestro Padre, y nos ama y cuida de sus hijos… Pero cuando no responde como nosotros esperamos, ¿no se tambalea nuestra fe y se rompe nuestra esperanza?
3. Al llegar a la aldea donde iban, Jesús pretende seguir adelante, pero ellos le invitan a quedarse con ellos. Y “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: - ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras.” Hizo falta que el Señor les saliera al encuentro, les explicara las Escrituras y partiera el Pan con ellos, para que descubrieran quién era en verdad Jesús, cuál era su verdadero reino, y en sus corazones brotara una esperanza nueva, no apoyada en sus ambiciones, sino en el Señor. También a nosotros, en cada eucaristía, se nos une el Señor y nos explica las Escrituras y parte el Pan. Pero ¿arden nuestros corazones mientras nos habla?; ¿se cae la venda de nuestros y le reconocemos al partir el pan? ¡Qué estupendo, Señor, si así ocurriera! ¡Cómo –en cada eucaristía- rebrotarían en nuestros corazones ilusiones y esperanzas nuevas! Ellos, llenos de alegría, salieron corriendo a comunicarlo a los demás. ¿Por qué nosotros no salimos de la eucaristía transformados, alegres, sintiendo la necesidad de decir a los demás lo que ha ocurrido? ¿Es que no ha ocurrido nada?, ¿no nos hemos encontrado con el Señor? Dice el cardenal Newman: «Quien ha tenido un encuentro con Cristo, en adelante no podrá vivir como si ese encuentro no hubiera sucedido». Señor, que ocurra así en nosotros.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.