Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. María Magdalena, junto al sepulcro, llora, desconsolada, la pérdida de su Señor. Los ángeles le preguntan por su pena: - «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les contesta: - «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» María ama a su Señor y se ha quedado sin él, la muerte se lo ha robado, y ahora ni el cadáver tiene: se lo han llevado –piensa ella- y no sabe dónde lo han puesto. ¿Cómo podrá vivir en adelante sin el que ama? ¡A veces también nuestro corazón llora! Pero ¿por qué?; ¿por qué lloramos nosotros? Cuántas cosas sin importancia nos hacen sufrir, Señor, a veces. Pero sentirnos tibios en nuestro amor a ti, estar incluso alejados de ti por el pecado, apenas nos entristece o no nos inquieta tanto. ¡Cuando es lo más triste que nos puede ocurrir! Si descubriéramos tu amor como lo descubrió la Magdalena, si lo gustáramos, como lo gustó ella... ¡cómo lloraríamos tu lejanía o tu pérdida, Señor, y qué poco nos importarían esas otras cosas!
2. María se vuelve y ve a Jesús, pero no lo reconoce. El le dice: - «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» María le buscaba a él, al Señor, al Amado de su alma, al que ha dado sentido a su vida desde que se encontró con él. Y nosotros ¿qué buscamos? ¿Qué hay detrás de tanta inquietud y desasosiego con que nos movemos a veces en la vida? ¿Tras de qué vamos?... María busca a Jesús, al Maestro, lo necesita, no puede vivir sin él, y Jesús le sale al encuentro. Porque, como meditábamos ayer el Señor nunca deja de hacerse el encontradizo con el que le busca. ¡Ah, si nosotros lo buscáremos con el ansia enamorada de la Magdalena! Pero María no lo reconoce, cree que es el hortelano. Y es que la buena de María sigue buscando al Jesús de los tres últimos días, roto, destrozado, muerto en cruz. Por eso no lo reconoce vivo, aunque está delante de ella. ¿No nos ocurre a veces eso, que la imagen que nos hemos formado de un Jesús que no existe, nos impide verlo vivo a nuestro lado, caminando nosotros, hablando con nosotros?
3. “Jesús le dice: - «¡María!» Ella se vuelve y le dice: - «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!» Jesús le dice:.. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."» María Magdalena fue y anunció a los discípulos: - «He visto al Señor y ha dicho esto.» A la Magdalena –para reconocer a Jesús- le bastó escuchar su nombre pronunciado por él. ¡Cuánta delicadeza, cariño y ternura habría en la voz del Señor! María, al reconocerle, sólo dice: “¡Rabboni, Maestro!”, y se echó a los pies de su Señor. Sí, era el mismo Señor que conocía y amaba y está vivo... Qué estupendo, Señor, escuchar mi nombre de tus labios y percibir en tu voz lo mucho que me perdonas y quieres. Y caer a tus pies también para decirte con todo mi amor: ¡Maestro!... Sí, Señor, llámame, di mi nombre. Entonces con qué gozo iré a decir a los demás: “¡He visto al Señor y me ha dicho esto!” Y les anunciaré que has resucitado y vives y que andas buscándoles. Y lo diré con el acento de sinceridad creíble del testigo. Porque, Señor, los otros notan si hablamos de lo que hemos “visto” o de lo que sólo hemos “estudiado”.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.