Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Va avanzando la cuaresma. Nos acercamos a la Pascua, a la celebración de la muerte y resurrección del Señor. Pidamos que, en los días que restan, vayamos penetrando cada vez más en el misterio de su entrega. Hoy Jesús dice a Nicodemo: “ «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.” Para eso se entregará y morirá Jesús: para que tengamos vida eterna. Para eso subió a la cruz , maldito para el que no tiene fe, pero bendito para el que cree. ¡Qué infinito amor el del Señor, qué infinita generosidad: morir por nosotros, para destruir todo el desamor que nos separaba de Dios, y abrirnos las puertas de la casa del Padre!... Peregrinos por el desierto de la vida, cuando experimentemos las “mordeduras” del mal, miremos a la cruz, como el mordido por la víbora miraba a la serpiente de bronce levantada en medio del campamento y curaba. El libro de la Sabiduría dice que “sanaba, no en virtud de lo que veía, sino gracias a ti, salvador de todos.” No curaba mágicamente aquel objeto, curaba el amor y la fuerza salvadora de Dios. Yo, Señor, ¡cómo me siento curado, qué soportable se me hace todo, cuando, mirando la cruz –signo de ignominia-, recuerdo por qué está levantada en medio del mundo, y tú clavado en ella!
2. “Tánto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Así de valiosos somos para Dios, así de grande es el amor de Dios a los hombres: hasta entregarnos a su Hijo querido. Esta frase de san Juan viene a resumir lo que creemos: que Dios nos ama a cada uno, y, porque nos ama, nos salva. Al escuchar esto, ¿no se rompen todas nuestras imágenes de un juez severo que observa minuciosamente nuestros pecados para condenarnos? El Dios que se nos ha revelado en Jesús no es el Dios del temor, sino el Dios del amor; no es el Dios que ha venido a condenarnos por nuestros pecados, sino a liberarnos de ellos: “Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.
3. Lo único que nos pide es creer en el Hijo: “El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios .” Creer de verdad en el amor de Dios que se nos ha manifestado en el Hijo. Abrirle el corazón, acoger su mensaje y vivirlo. No creer es la condena, porque quien no acoge el amor, se excluye del amor. La condena no es, pues, cosa de Dios, la escoge libremente el hombre. “El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”. Nos acercamos al final de la cuaresma, tiempo de conversión, de cambio del corazón. Señor, que creamos, que nos abramos a tu amor. Que, al mirarte en la cruz, nos sintamos impulsados a escoger vivir en la luz, en el amor, y a desterrar de nuestra vida para siempre las tinieblas, el pecado en todas sus manifestaciones.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.