Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús sube a Jerusalén y, por tercera vez, habla a los Doce de que va a ser motivo de burla y sufrimientos, y que, al final, lo crucificarán. Pero la muerte no será el final, sino que resucitará. En dos ocasiones anteriores se lo ha anunciado y nunca le han comprendido. Hoy, ante este tercer anuncio, sólo se les ocurre pensar cómo situarse bien en su Reino. De hecho, la madre de los Zebedeos le pide el primer puesto para sus hijos; y los otros diez se enfadan contra ellos Señor, ¡qué tristeza y frustración debiste sentir! Les has hablado de entrega y humillación, y ellos sólo piensan en honores y primeros puestos. ¡Tánto había penetrado en ellos la mentalidad de su ambiente que siguen pensando en un Mesías dominador y en un reino de poder! Pero ¿quién puede tirar la primera piedra contra los pobres Discípulos?; ¿no me veo en ellos? ¡Cuántas veces he escuchado las mismas palabras tuyas! Sin embargo, ¡qué viva está en mi corazón la ambición de poder, de figurar, de estar por encima de los demás! Señor, ¿cuándo te comprenderé, cuándo comprenderé tus caminos?
2. Jesús, con pena, les reprocha:”No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” Tampoco nosotros sabemos lo que pedimos y deseamos. Para estar con Cristo en su Reino, hay que beber el cáliz que él bebió, hay que seguir su camino de entrega y de servicio a los demás, especialmente a los menos favorecidos, a los excluídos, aunque ello conlleve renuncias, hasta pasar por la muerte. Lo dijo claramente Jesús, cuando habló del grano de trigo que ha de morir para dar fruto. Los discípulos no comprendieron entonces. Y yo, Señor, ¿lo he comprendido? También a mí me sigue asustando la negación, el sufrimiento, la muerte…! Señor, conviérteme, cambia mi corazón. Que en esta cuaresma me arriesgue a aceptar tu camino.
3. Jesús aprovecha la discusión de los discípulos para enunciar la ley fundamental del nuevo pueblo de Dios, de su comunidad: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo”. Ahí está: para ser el primero, ponerse el último; para ser importante, servir; para ganar, perder. Son las paradojas de Dios, ése poner las cosas del revés, para que estén del derecho. No pensaban así los Zebedeos, ni los otros diez, ¡ni nosotros!... Pero es lo que Cristo vivió: “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”. Señor, descabella por fin esta soberbia y egoísmo míos, que sólo buscan ser servidos, y hacen tanto asco a servir. Haznos comprender que los tuyos no estamos llamados a ser dominadores, sino servidores. Porque tú eras el Señor y viviste la ley del servicio hasta lo más, pues te hiciste “el-que-sirve-hasta-dar-la-vida”.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.