Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Lo de Jesús –podríamos decir- era mirar al Padre, para reflejar sus actitudes. El Padre es compasivo y misericordioso, acoge a todos con ternura y hace brillar el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos . Y Jesús, el Hijo, obra como obra el Padre. Y nos dice que ése debe ser nuestro comportamiento también: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” . En el Hijo somos hijos de Dios. Hemos, pues, de imitar al Padre y obrar como el Padre. ¿En qué cosas tengo que cambiar yo para ser mejor hijo? ¿Quién espera de mí compasión y misericordia sin recibirla? Señor, ablanda mi corazón duro, de piedra; dame un corazón bueno, compasivo, que comparta las penas con los que sufren, que excuse sus defectos, que sea comprensivo.
2. “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados.” Un corazón misericordioso no juzga, no condena. Pero nosotros andamos por la vida dictando sentencias condenatorias a diestro y siniestro:
“ Este es malo, aquélla es una egoísta, éste no tiene interés por cambiar…” ¡ Cómo nos duelen las críticas y los juicios de los demás! Sin embargo, nosotros ¡con qué ligereza juzgamos y condenamos! Un amigo me decía: “¡qué farsantes y parciales somos! Tenemos un corazón de juez implacable para con los demás, pero paras nosotros mismos, un corazón de padrazo que todo lo justifica”... “No condenéis, y no seréis condenados,” – me dices, Señor-. Pero si continúo así, ¿cómo resistiré ante ti el día del juicio? Señor, que no juzgue tan ligeramente. Sólo tú conoces el corazón del hombre, sólo tú puedes juzgar con verdad. Como los indios Sioux, hoy te ruego: "Que yo nunca juzgue a nadie ha s ta no haber cam i nado un gran trecho con los pies en sus mismos zapatos". Señor, ¿a quién tengo que dejar de juzgar y cond e nar?
3. “Perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará…” ¡Cuánto nos cuesta perdonar! ¡Cómo se agarran a nuestro corazón el rencor y el resentimiento! Y en la medida en que perdone al hermano seré perdonado por Dios. El resultado del juicio se pone en nuestras manos. Perdonar a los que nos ofenden y obrar misericordiosamente con ellos, es abrir el camino para que el Señor nos perdone a nosotros... Y Dios perdona sin medida y da sin medida, pero al que a su vez ha dado y ha perdonado : “la medida que uséis, la usarán con vosotros.” Dice A. Stöger : “El que dé y perdone a los hombres, recibirá abundantemente el don y el perdón de Dios; el que no dé ni perdone a los hombres, no puede esperar don ni perdón de Dios.” ¿Qué resentimiento guardo en mi corazón? ¿A quién no he terminado de perdonar? Señor, concédeme la gracia de poder perdonar a los que me han ofendido y a los que me puedan ofender en adelante.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.