Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. A pesar del fracaso que ha tenido en su pueblo, diríamos que Jesús no se ha desanimado. Hoy vemos que envía a los Doce, de dos en dos, para que lleven la Buena Nueva a todos los lugares de Galilea. Jesús los había llamado, y ellos se fueron con él. Ya llevan un tiempo conviviendo con el Maestro, le han escuchado, han visto su estilo de vida y, de alguna manera, han aprendido a ser discípulos. Ahora los envía a evangelizar… El cristiano es también uno que se ha sentido llamado por Cristo, que ha creído y se ha ido con él. No se nace cristiano. Ni el cristianismo se hereda. Cada uno ha de escuchar la llamada y responder personalmente. Como a los Doce, a nosotros también nos ha llamado Jesús y nos hemos ido con él. ¡Qué suerte, Señor, ser llamado por ti para ser de los tuyos! Gracias por haberte fijado en mí y haberme llamado. Que no te abandone nunca, Señor.
2. Pero Jesús no llama y da la fe como quien da unas entradas para el cielo, que hay que guardar para mostrarlas cuando lleguemos. El Señor, en todo tiempo y lugar, llama para enviar a continuar su tarea evangelizadora. Lo hizo con los Doce: “llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos”. Hoy lo hace con nosotros, enviándonos también a anunciar la Buena Nueva del amor de Dios y a luchar contra el Mal. Con nuestra palabra, pero, sobre todo, con nuestra vida: viviendo de acuerdo con el mensaje de Jesús y luchando para librar a los hombres de esta sociedad de los “espíritus inmundos” que los esclavizan: la injusticia, la insolidaridad, el egoísmo, el materialismo hedonista, la discriminación por cualquier causa, el erotismo desenfrenado, el hambre, la soledad… Es lo que tú hiciste, Señor Jesús, y es lo que nos encargas que hagamos. Señor, ¿qué mejor encargo podías hacerme que el de ser continuador de tu obra? Gracias por la confianza que has puesto en mí. Que no te defraude.
3. A los Doce les dijo Jesús que no llevaran nada que no necesitaran de verdad: “Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”. Así, a nosotros. Porque debemos ser testigos contra la tentación del poder y del poseer y dominar. Y para que tengamos claro que la obra es suya y no nuestra; la fuerza salvadora viene de Jesús, no, de nuestra sabiduría y medios materiales. Es el Espíritu Santo el que hace crecer la semilla y da vida a lo que nosotros hagamos. Señor, haznos comprender que tú nos has llamado y nos has encargado de llevar tu evangelio a los demás. Y si nosotros no vamos, ¿quién llevará tu mensaje a los hombres de hoy, que tanto lo necesitan?; ¿quién los convencerá de que Dios les ama? Señor, danos tu gracia: que ni te fallemos ni les fallemos.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.