Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy contemplamos la llamada de Leví (Mateo), un recaudador de impuestos. Para los judíos se trataba de un pecador público, despreciado por ladrón y traidor a su pueblo, ya que estaba al servicio de Roma. Pero Jesús no hace asco de él: lo mira con amor y lo invita a ser de los suyos, de sus íntimos: “Sígueme”. Leví, sin pedir tiempo para pensarlo, “se levantó y lo siguió.” ¡Qué comprensión la del Señor, ante el pecador despreciado por todos! Y es que él ha sido enviado para los pecadores, para revelar, con su comportamiento, la misericordia infinita de Dios, que no los desprecia –como hacían los letrados y fariseos-, sino que los ama y quiere salvarlos. Por otra parte, Leví, el pecador ¡qué pronto lo deja todo para irse con Jesús!... ¿Cómo nos comportamos nosotros ante los que consideramos malos?; ¿los condenamos fácilmente, sin pensar que nosotros somos también pecadores? Y ante las llamadas del Señor, ¿respondemos enseguida, -como Leví- o le damos largas y largas? Señor, cambia mi corazón engreído y duro; hazlo misericordioso para con los que pecan y pronto para responder a tus llamadas, como hizo Leví.
2. La tentación de “los oficialmente buenos” ha sido siempre el orgullo de creerse mejores que los demás y condenar a los que no son como ellos. Como los fariseos, que critican a Jesús porque come con publicanos y gente de mala fama, cosa que ellos no hacían. ¡Ellos que –en su engreimiento- se creían tan buenos que no necesitaban convertirse, cambiar de vida, dejar nada. Por eso rechazaban las ofertas de salvación que les hacía Dios por medio de Jesús. ¿No nos vemos retratados en ellos? ¿No nos creemos muchas veces “buenos”, sin necesidad de conversión, y juzgamos y condenamos a los que pecan y a los alejados, etc.? Cuando -como los fariseos- nosotros tenemos un corazón duro e ingrato, que resiste a las llamadas de Dios. Señor, ten misericordia de mí. No me juzgues como juzgo yo a los demás.
3. Jesús oyó las críticas de los fariseos y les dijo: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores". ¡Qué consoladoras palabras, Señor! Es cierto que soy pecador e hipócrita como los fariseos, que condeno fácilmente a los otros, que no escucho muchas veces tus llamadas. Pero hoy me dices que no has venido para los buenos, sino para los que somos pecadores. Tú no hiciste asco de los pecados de Leví y sus amigos publicamos y te sentaste a comer con ellos, sin temer las críticas de los “buenos”. Hoy, Señor, reconociéndome pecador, vengo a ti. Sé que, a pesar de mis pecados, me amas y me estás esperando para sentarme a tu mesa... Sana mi corazón. Llénalo de tu amor para que sea misericordioso con el hermano que peca, como tú lo eres conmigo. Gracias, Señor, por ser tan bueno.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.