Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. En aquellos tiempos el leproso era un marginado, civil y religiosamente, un “muerto en vida”. No se le podía tocar y se le obligaba a vivir aislado sin poder acercarse a los demás ni participar en el culto. Sin embargo, el leproso de hoy se acerca a Jesús y le suplica: "Si quieres, puedes limpiarme". Y Jesús no lo evita. Conmovido, lo acoge, toca al que era “intocable” y le dice con autoridad: "Quiero: queda limpio". Y quedó limpio. Y es que cuando se ama, a nadie se margina: el otro ni estorba ni contamina ni da asco, sino que se le acoge, y hasta se va al encuentro de él, cuando se le ve necesitado. Y tú, Señor, que eres el Amor de Dios amando al hombre, haciendo presente el Reino del amor de Dios, ¿cómo ibas a rehuirlo? ¡Qué lección de cómo hay que amar, Señor! Que la aprenda.
2. Nosotros, desgraciadamente, sí rehuimos a muchos que hemos declarado “leprosos,” “apestados”, en nuestra sociedad. Hablamos mucho de solidaridad, de romper barreras, de que no importa “la raza ni el color”; pero después, ¡cuántos “excluidos” en nuestra sociedad! Cada uno tenemos los nuestros. ¡Qué incómodos nos sentimos cuando los “marcados” se acercan a nosotros y se meten en nuestras vidas! Hoy preguntémonos: ¿a quiénes estoy ocluyendo yo?; ¿quiénes son “mis marginados”?... Roguemos al Señor por ellos y por todos los marginados del mundo. Señor, cambia nuestros corazones, tan egoístas, soberbios y duros. Hazlos semejantes al tuyo, tan compasivo y lleno de amor. Ensánchanos, Señor, el corazón. Que quepan todos en él, como cabían en el tuyo.
3. Jesús no sólo acoge al leproso y lo toca –denunciando así la injusticia de la ley que lo marginaba y lo separaba de la comunidad-, sino que lo cura. Y, al librarlo de la lepra, lo restituye a la “vida”: le devuelve su dignidad de persona y puede reintegrarse a la convivencia comunitaria. Y él –a pesar del encargo de Jesús de no decirlo- no pudo callar su alegría y empezó a pregonar lo que Jesús había hecho con él “ con grandes ponderaciones”... Cristo ahora nos necesita a los cristianos para hacer presente en el mundo el amor misericordioso y liberador de Dios. Hoy el Señor nos invita a acercarnos a los marginados, a los “leprosos” de nuestra sociedad, para ayudarles a salir de su marginación y restituirlos a la “vida”. Pero, Señor, para poder hacerlo, necesito que antes me libres de la “lepra” de mi egoísmo, de mi apatía en la vida cristiana, de mi miedo a complicarme la vida... Señor, tócame y dime también a mí: “Quiero, queda limpio.” Que, limpio de todo eso, podré ser testigo tuyo, continuador de tu obra.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.