Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hemos venido contemplando en estos días pasados el abajamiento de nuestro Dios, que se encarna y se hace Dios-con-nosotros. Hoy el evangelio nos presenta los inicios la misión profética del Dios encarnado. Y lo primero que vemos es que no establece lo que podíamos llamar su cuartel general en Jerusalén y entre lo más granado de Israel, sino en Cafarnaúm, ciudad enclavada en una zona habitada por paganos y judíos paganizados, en la “Galilea de los gentiles”. En ello ve el evangelista el cumplimiento de lo dicho por el profeta: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.» Entre aquellas gentes de paganos y judíos paganizados -que eran mal vistos y despreciados por los “puros” de Judea y Jerusalén-, comienza a resplandecer la luz de Cristo. Ellos –los marginados y alejados- son, Señor, los primeros destinatarios de tu presencia, de tu predicación y de tus acciones salvadoras. EStupensa lección, Señor, para nosotros: tú eliges a los menos apreciados, y nosotros ¿a quiénes buscamos, entre quiénes nos gusta andar y movernos? Señor, que los marginados de esta sociedad sean para nosotros los preferidos, como lo fueron para ti, los de tu tiempo.
2. En este pasaje se nos presenta como un resumen de lo que será la vida de Jesús. Lo primero será predicar, entregar la Palabra. Comienza anunciando el gozo de la cercanía del reino de Dios: “está cerca el reino de los cielos.” Dios va a realizar su proyecto salvador sobre el hombre, él trae la salvación, la felicidad, la vida para todos, comienza, pues, el reinado de Dios sobre el mal. Y Jesús no sólo lo anuncia, sino que lo muestra: sana a los enfermos y cura las dolencias de los que sufren: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”. Las multitudes comienzan a seguirlo, a buscarlo, a desear su presencia. Es lo que ocurre con el que no sólo predica, sino que también obra, “hace“ lo predicado. Nosotros, los discípulos de Jesús, hemos de continuar la tarea de Jesús: a este mundo nuestro, sometido a tanta injusticia, violencia, pobreza y dolor... hemos de anunciarle, con alegría y entusiasmo, el reino de Dios. Y hacerlo al estilo de Jesús: hablar y obrar. En esto ¡cuánto fallamos! Por eso, no debe sorprendernos que nuestra palabra no sea creída por muchos, no arrastra. Si, además de palabras diéramos vida, ¿no cambiaría la respuesta de los que nos escuchan?
3. El reino de Dios llega para todos. Pero no llega sin ser esperado ni aceptado. Por eso a la vez que anuncia la llegada de la salvación, Jesús agrega la llamada a la conversión: “Convertíos.” Hay que cambiar de mentalidad, de estilo de vida, hay que volverse a Dios, vaciar el corazón de pecado. Porque no hay llegada de Dios y su reino sin transformación de la vida, no hay reinado de Dios sin destronar los otros diosecillos que dominan el corazón: el orgullo, la comodidad, el egoísmo, la insolidaridad y todo desamor. Señor, tu reino está llegando siempre, pero ¿lo recibo, le abro las puertas? A veces, Señor, ni me percato de su llegada. Tan ocupado ando en las cosas de este mundo. En estas fiestas de Navidad, tu Luz ha brillado en la tiniebla de mi vida con fuerza. Con todo veo que mi vida sigue siendo guiada demasiadas veces por otras luces. Hoy, en el evangelio, escucho de nuevo el anuncio escuchado en la Noche buena: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.” Hoy, Señor, me das una nueva oportunidad. Quiero aprovecharla y recomenzar de nuevo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.