Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Ultimo día del año. El Evangelio hoy nos recuerda que todo viene de Dios: “La Palabra era Dios… Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe… Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.” Por eso, al terminar el año, nuestra oración ha de ser de acción de gracias a Dios por todo lo que en el año que termina nos ha dado: la vida, la salud, la amistad de tantas personas que nos quieren y nos han ayudado, la hermosura y la grandiosidad de la naturaleza de la que hemos podido gozar… Pero sobre todo, por su gracia, su amor, su compañía de cada día, su perdón en tantas ocasiones. ¿Cómo cantaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Te bendeciré, Señor, día y noche. Cantaré sin descanso tu fuerza salvadora. Proclamaré eternamente tu misericordia para conmigo.
2. Pero preguntémonos también hoy: ¿De qué hemos llenado la vida en el año que termina? ¿Qué lugar ha ocupado Dios? ¿Le hemos abierto la puerta cada vez que ha llamado a ella? ¿Hemos caminado “a la luz de Dios”? Los demás ¿han contado para nosotros en este año? El evangelio nos recuerda: “En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.” Durante este año, Dios ha venido a nosotros muchas veces, ha querido entrar en nuestra vida, para iluminarla y llenarla de sentido; pero nosotros ¿le hemos acogido, le hemos permitido entrar, nos hemos dejado poseer cada vez más de la buena noticia del amor de Dios? Reconozco, Señor, que a veces he sido de la tiniebla y no te he recibido, he sido del mundo y no te he conocido, y he sido de esos tuyos que no te recibieron. Perdóname, Señor. A pesar de mis debilidades y fallos, tú sabes que te quiero. Y quiero aprovechar el próximo año para crecer más en tu amor y en el amor a los demás. Por eso, como el hortelano de aquella higuera estéril del evangelio, te pido que tengas paciencia, que cuides la higuera de mi vida un año más con el abono de tu gracia.
3. “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. Al comenzar un nuevo año, quiero recordar, Señor, que sigues acampado entre nosotros. ¡Qué seguridad pone en mi corazón saberlo! Porque te necesito. Seguirán saliéndome al paso mis egoísmos, mis cansancios y desánimos, mis soberbias e incomprensiones, mis pasiones… Pero tú estarás y lucharás conmigo. Señor tú, “la luz verdadera, que alumbra a todo hombre”, ilumíname, para que no me pierda en medio de la oscuridad de este mundo sin valores cristianos, donde lo que importa es la materia, el goce inmediato, el tener y tener. Acompáñame, Señor, durante este año y guía mis pasos por el camino del bien, para que haga en todo tu voluntad.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.