Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser” Los nombres no están vacíos de significado. Ana quiere decir: “Dios se ha compadecido”; Fanuel, “Dios es Luz”, y Aser, “felicidad.” “Lo que significan estos nombres –comenta Stöger- emana de las personas y de sus palabras y lo sumerge todo en el resplandor de la alegría, de la gracia y del favor de Dios”. Con ocasión de la presentación del Jesús en el Templo, la anciana Ana -como Simeón- da también testimonio sobre el Niño. Ana es una mujer piadosa, que vive una vida retirada, de oración constante y de honda esperanza mesiánica. Ella vive toda para Dios. Y también a Ana le revela el Espíritu que el Niño que lleva María en sus brazos no es un niño más, sino el Me-sías esperado. Y de su corazón brota la acción de gracias a Dios. Señor y Dios nuestro, que nosotros descubramos en ese Niño “la Gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres..., la Bondad de Dios, nuestro Salvador, y su Amor al hombre,” como nos proclamó en la Nochebuena san Pablo.
2. Ana “hablaba del Niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén”. Porque el encuentro con el Amor y la Misericordia de Dios, no sólo llena de alegría el corazón e impulsa a alabar a Dios y darle gracias, sino que mueve a compartir con los demás ese gozo y esa experiencia. ¿Por qué nosotros hablamos tan poco de Dios y de la experiencia de su Amor y de su Misericordia? ¿No es que nuestro encuentro con el Señor es muy pobre y que no hemos gustado de verdad la salvación de Dios? Contemplando hoy el Amor de Dios hecho Niño en brazos de María, atrevámonos a pedirle a la Virgen que lo deje en nuestros brazos –como lo dejó en los de Simeón-, y apretando al Dios-Niño contra nuestro corazón, pidámosle que lo encienda y caldee con el fuego de su amor para así poder comunicarlo a los demás.
3. El evangelio termina diciendo que “cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.” Y que en su casa de Nazaret “el Niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría ...” En Navidad hemos celebrado que Cristo, al que hemos acogido en el corazón, ha nacido en nosotros. ¿Crece también en nosotros, en “la casa de nuestro corazón”? Cristo crece en nosotros según le acojamos y nos entreguemos a él. Dice san Gregorio de Nisa: “El niño Jesús que nos ha nacido, en los que le reciben, crece diversamente en sabiduría, edad y gracia; no es idéntico en todos, sino que se adapta a la capacidad e idoneidad de cada uno, y en la medida en que es acogido, así aparece o como niño o como adolescente o como perfecto”. ¿Cómo aparece en mí? ¿Los demás ven en mí a Cristo cada vez más?
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.