Lunes 3ª semana de Adviento
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús entró en el templo. Mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?». Jesús les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?». Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’ Y si decimos: ‘De los hombres’, tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta». Respondieron, pues, a Jesús: «No sabemos». Y Él les replicó asimismo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto». (Mt 21,23-27 ). 1. ¡Qué obstinación la de los sumos sacerdotes y ancianos! De nuevo buscan excusas para justificar su incredulidad y su resistencia a creer en Jesús. Preguntan a Jesús: « ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?» En realidad no quieren saber, sino para justificar su cerrazón y su rechazo a Jesús y su mensaje. Ellos razonan: si no sabemos en nombre de quién viene, ¿cómo vamos a creer en lo que enseña y predica y dar por bueno lo que hace? Pero la realidad es que lo que Jesús enseña no encaja en sus esquemas religiosos legalistas. Más bien se los rompe, desestabiliza su vida religiosa tranquila y echa por tierra sus intereses. Le han escuchado. Han visto los milagros que hace, con los que va mostrando y proclamando claramente que viene del Padre y hace las obras del Padre. Pero ellos siguen sin creer. Y es que, Señor, cuando queremos defender nuestros intereses frente a tus exigencias, ni los milagros nos convencen. Escribe Franz Werfel: “Quien cree en Dios no necesita milagros, y quien no cree en Dios ningún milagro le ayudará a creer.” Señor, ¡cómo me veo reflejado en estos jefes de tu tiempo! Escucho el evangelio, lo medito, oiga la predicación de los sacerdotes, del Papa…, pero mi corazón sigue duro. Siempre encuentro alguna justificación para seguir en mi mediocridad, en mi tibieza espiritual, y no darte el sí que me estás pidiendo. 2. El Señor que escruta el corazón del hombre, conoce bien las intenciones torcidas de los que le preguntan y no entra en su juego. No responde. Desenmascara sus intenciones, haciéndeles otra pregunta: “ El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?” Ellos dicen que no lo saben. Y no es que no lo sepan, sino porque están obstinados . Jesús les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto». Y es que ¿para qué responder a quien se sabe que no busca la verdad? A aquéllos no les importa con qué autoridad obra Jesús, sólo buscan excusas para no creer ni aceptar su mensaje. Es lo que hago yo a veces. ¡Cuántas excusas me doy para justificar mi cerrazón! Pero en realidad sólo hay un motivo: me da miedo el mensaje del evangelio, porque sé que, si lo acepto, se van a derrumbar muchas cosas en mi vida y tendré que romper con otras muchas: mi egoísmo, mi comodidad, mi pereza, mi tibieza, mi miedo a complicarme la vida… Pero eso no me lo digo. Me hago el despistado o busco mil excusas para seguir igual. Señor, que sea sincero conmigo, contigo y con los demás. Que ni me engañe ni intente engañarte a ti y a los demás. Porque sólo si acepto que estoy enfermo, buscaré curación, sentiré necesidad de orar más, de acudir a ti. Sólo si me reconozco esclavo de mis pecados, sentiré la necesidad de pedirte perdón y de rogarte que me liberes de esas esclavitudes. 3. Aquéllos no se atrevieron a contestar la pregunta que les hizo Jesús. ¿Y nosotros?... Escuchamos en el corazón que el Señor nos hace preguntas comprometidas, que nos pide algo, y rehuimos contestarle, como aquéllos, o hacemos que no nos enterados. Hoy, Señor, ¿qué pregunta me estás haciendo?; en este Aviento ¿qué invitación me estás haciendo? Ilumina, Señor, mi corazón. Que vea claro. Que no tema escucharte ni rehúya contestarte. Que acepte, Señor, sin miedo, que tú seas el que dirijas mi vida.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
15/12/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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