Domingo 1º de Adviento B
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
+ Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos: aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. (Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7). + En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!» Mc 13,33-3 Hoy comienza el Adviento. Un tiempo fuerte en que la liturgia nos anuncia la venida del Señor y nos invita a esperarlo. “El Señor viene”, es la noticia que nos entrega reiteradamente. ¿Pero el Señor no vino ya? ¿No entró en nuestra historia, y sigue presente en nuestro mundo? Sí, el Señor plantó su tienda entre nosotros y no la ha levantado. Pero también es cierto que su Reino aun no ha sido establecido en su totalidad. En nuestro mundo aun hay mucha injusticia, desamor, egoísmo, ambiciones, discordias, guerras... Son muchos, los que aun no han aceptado el Reino de Dios; hay muchos rincones de nuestro mundo donde no ha sido implantado. Ni siquiera en los que nos decimos cristianos. ¡Cuántas parcelas de nuestra vida están habitadas todavía por el mal!... Tu Luz, Señor, no se ha posesionado aun plenamente de nuestro yo más íntimo. Por eso seguimos ansiando, esperando, pidiendo tu venida, la venida de Reino. A nuestro mundo y a nosotros. La liturgia de Adviento esto es lo que intenta: avivar en nosotros ese deseo, ese ruego de que vengas, Señor, definitivamente y te posesiones plenamente del mundo y de nosotros.
Durante este tiempo la liturgia clamará con Isaías: “Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia.” Eso. Ojalá bajase el Señor y derritiese los montes de la injusticia, de la insolidaridad, del mal que hay en el mundo y en nuestra vida. ¡Ojalá bajase y destruyese todo esto de malo que aún hay en el mundo y en nosotros...! Ven, Señor… Haz que los montes del egoísmo y de todo pecado se derritan y se transformen en llanuras de amor, de paz, de solidaridad, de bondad... Ven, Señor, cambia esta sociedad nuestra y cámbianos a nosotros.
Hoy el evangelio nos habla de la venida del Señor al final de los tiempos. Cada uno de nosotros, antes que eso suceda, debemos prepararnos para presentarnos ante él. “Velad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de la casa, si al atardecer, a media noche, al canto del gallo o al amanecer. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos”, nos avisa. Velar es afanarse para hacer que su Reino avance y se haga más presente en nosotros y en nuestros ambientes, para crecer en la entrega, para que se ensanche nuestra capacidad de amar hasta la medida del Señor. Es no dejarse embaucar por los falsos profetas que nos ofrecen la salvación, invitándonos al consumismo desenfrenado, al confort, a la satisfacción de todas nuestras apetencias, lejos de los caminos que nos señala la Palabra de Dios. Es estar atentos para ver y acoger al Señor que viene a nosotros en cada momento. Y es orar, orar constantemente, porque la carne es débil, porque experimentamos nuestra impotencia... Velar significa, en fin, vivir de forma tal que no nos importe si el Señor llega antes o después, sin previo aviso o avisando, porque nuestro vida de cada día es una preparación constante a su venida. María, Madre buena, la Virgen de la Espera, ruega por mí, enséñame a vivir el Adviento como tú lo viviste.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
30/11/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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