Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Al hacer revisión de nuestra vida en este final del año litúrgico, el Señor nos invita a fijarnos, no sólo en las ramas secas, en lo muerto, en lo sin-vida, sino en los brotes nuevos. Es bueno revisar lo muerto; pero importa más lo nuevo, lo que puede cambiar aún, lo que pugna por surgir: "Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca.” La tentación es lamentar lo que “no-ha-sido” durante este año que termina. Pero tú, Señor, me invitas a descubrir en el tronco seco de mi vida, de la comunidad, de esta sociedad, de este mundo, esos brotes que quieren ser ramas con vida y con frutos. Hay que poner en pie la esperanza -nos vienes a decir hoy, Señor-: el invierno, el tiempo de muerte, está siendo vencido; llega la primavera, comienza a brotar la vida; el verano, el tiempo de la cosecha, de recoger los frutos, se aproxima: “sabed que está cerca el reino de Dios”.
2. Y hay motivos para la esperanza. Es cierto que en nosotros y por todas partes, descubrimos egoísmo, insolidaridad, injusticia, desamor; pero ¿cómo no ver también que el Reino del amor se va abriendo camino, aunque lentamente, esforzadamente?; ¿no existe más solidaridad entre las gentes y entre las naciones?; ¿no experimentamos en nosotros mismos que la respuesta a las llamadas del Señor a vivir el amor, la entrega, el servicio, se van abriendo paso, aunque a trompicones? El Reino de Dios en plenitud aún no ha llegado; pero, al terminar este año litúrgico, podemos proclamar gozosamente que avanza. Le queda trecho por recorrer, pero está más cerca. Señor, ábreme los ojos para que sepa -con humildad, pero con gozo agradecido- descubrir en mi vida y en la vida de los demás, esos brotes nuevos, que anuncian futura cosecha de frutos del Reino de Dios. Y que ello ahuyente el desánimo y el pesimismo de mi corazón y del de los demás.
3. «… antes que pase esta generación todo eso se cumplirá ». Esta Palabra del evangelio de hoy hemos de escucharla, al terminar este año litúrgico, como dicha a nosotros, los cristianos de hoy. Sabemos que en el nuevo año el Reino va a continuar avanzando, brotando silenciosamente, como la semilla sembrada. La fuente de nuestra esperanza es la palabra de Jesús, ella es la que nos garantiza que se realizará: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”... Señor, te pido que avives en nosotros el ánimo, el entusiasmo, la ilusión. Que nada nos haga bajar los brazos. Que animosos y esperanzados continuemos luchando, sembrando. La cosecha llegará. Tú, Señor, harás fructificar lo sembrado. Los frutos del Reino de Dios cada vez serán más evidentes en nosotros y en los demás y en el mundo. Esa es mi esperanza, Señor, aunque a veces mortecina. Un nuevo año nos concedes. El Adviento ya está ahí para avivar la esperanza y levantarla de nuevo. Sí, Señor, ven, avívala, que lo necesitamos.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.