Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El evangelio de hoy -lo mismo que el de los días siguientes- trata de la venida del fin de los tiempos. Unos fariseos preguntan a Jesús cuándo iba a llegar el reino de Dios. Jesús no contesta directamente. Simplemente aprovecha la ocasión para aclararles algunos aspectos: “El reino de Dios no vendrá espectacularmente..., el reino de Dios está dentro de vosotros». Porque Jesús anunciaba el Reino de Dios, pero, a la vez, el reino de Dios se realizaba en él y por él. Todas las acciones de Jesús lo mostraban. El tiempo de la salvación ya se había iniciado. Los pecadores, los paralíticos, los leprosos, los poseídos del demonio, los marginados que acogían el mensaje de Jesús se veían liberados del mal que les aquejaba. Pero su presencia sólo la descubren los iluminados por la luz de la fe en Jesús. Los fariseos no lo descubren, porque no quieren creer. Ellos esperan “otro reino”: un reino de poder político, esplendor y gloria. Los mismos discípulos creían que Jesús subía a Jerusalén para establecer ese reino. Por eso Jesús les dice que no se hagan falsas ilusiones: “Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación." Jesús llegará a la gloria, pero pasando por la humillación y la muerte en cruz. Nosotros ¿qué esperamos? Hoy, en este momento de mi vida, yo ¿qué espero, qué reino de Dios espero y busco?
2. El reino de Dios ya está en nosotros y en el mundo. Pero es, a la vez, un “ya” y un “todavía no.” Ya está aquí en nosotros y entre nosotros. Pero todavía no en plenitud. Tanto en el mundo como en nosotros aún hay mucho mal. El Reino de Dios es un Reino de Verdad, de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz. Y ¡cuánta división y guerra y desamor y muerte y mentira e injusticia, hay aún en nosotros y en el mundo! Por eso, el Señor nos enseñó a rogar: “Venga a nosotros tu reino.” Hemos de pedirlo mucho, y acogerlo, dejar que tome posesión de todo nuestro ser... Señor, quiero abrirte el corazón cada vez que llames a él. Que tu reino de amor, de paz, de comprensión, de entrega, crezca en mí, hasta llenar todos los rincones de mi corazón y aparecer en mi vida toda.
3. Pedirlo y acogerlo en el corazón; pero, a la vez, trabajar -como si todo dependiera de nosotros- para hacerlo cada vez más presente en nuestro mundo: en la familia, en el trabajo, en el barrio... La presencia del reino de Dios se hacía visible en las acciones que Jesús realizaba en favor de los hombres. Así nosotros hemos de hacerlo visible y hacerlo crecer. El Reino crece en nosotros y se hace visible, cuando hacemos lo que Jesús hacía, cuando nos entregamos, nos abrimos a los demás. Así nos vamos pareciendo cada vez más a Cristo y, con su ayuda, vamos haciendo que avance el reino de Dios en el mundo. Señor, ayúdanos a vivir cada vez con más generosidad nuestra fe. Que cada vez seamos testigos más luminosos y constructores más diligentes de tu reino de amor en nuestros ambientes.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.