Jueves de la 30ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquella ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: "Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte." Él contestó: "Id a decirle a ese zorro: Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término. Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos baja las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: "Bendito el que viene en nombre del Señor."( Lucas 13:31-35). 1. Jesús sube a Jerusalén donde será crucificado. El sabe bien lo que le espera, pero sube con decisión. A Herodes parece que le inquieta la presencia y la actividad de Jesús. Teme que pueda suscitar algún alboroto en el pueblo. Por eso piensa eliminarlo como hizo con el Bautista. Unos fariseos comunican a Jesús las intenciones de Herodes: "Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte." A Jesús no le amedrenta la noticia, y responde sin temor alguno: "Id a decirle a ese zorro: Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios”. ¡Qué libertad la de Jesús ante el poder humano que quiere impedirle que realice la misión que ha recibido del Padre! Es algo que él no puede consentir. El no acepta que su camino se lo marquen los poderosos del mundo; a él sólo se lo marca el Padre. Por eso responde que, ya puede amenazar Herodes: él seguirá anunciando el Reino de Dios y obrando el bien a favor de los que sufren…. Señor, sobre mí no pesa ninguna amenaza o peligro de muerte. Pero ante esta actitud tuya me siento llamado a hacer frente a todo cuanto quiera alejarme de tu seguimiento: las críticas y las incomprensiones por ser cristiano, las renuncias que supone ser discípulo tuyo, mi inconstancia y desgana, etc. Que nada, Señor, me aparte de tu seguimiento. 2. Cada uno de nosotros hemos de afrontar lo que podríamos llamar nuestros pequeños martirios o “crucifixiones”. Pueden ser las incomprensiones y “roces” en la convivencia, el modo de comportarse de un compañero o de alguien de la familia o de la comunidad, una enfermedad, un problema grave... Ante ello podemos reaccionar “huyendo”, o siguiendo adelante, hacia nuestro Jerusalén particular. Y sabemos que el modo de vivir nuestra fe en las circunstancias del día a día, predice nuestra respuesta en los momentos importantes y realmente complicados. Lo dijo Jesús: “El que es fiel en lo pequeño lo será también en lo importante.” Por eso, hemos de ejercitarnos en responder al Señor cada día en las cosas pequeñas. Hazme fuerte, Señor. Sé que soy débil, pero con tu ayuda, todo es posible. Hasta morir en paz, perdonando, como tú y tantos mártires que han dado y dan la vida por ti. 3. Jesús que se muestra fuerte y firme frente a las amenazas de Herodes, pero le vemos estremecerse de tristeza y pena ante la resistencia de Jerusalén a sus llamadas: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos baja las alas! Pero no habéis querido.” ¡Cuánta ternura en las palabras de Jesús! Como la clueca reúne a sus polluelos, así ha intentado Jesús reunir a los habitantes de Jerusalén. Les ha llamado y llamado a la conversión, pero ellos se han resistido. Y es que Dios no se impone, no domina. Desea que le sigamos, pero nunca nos fuerza a hacerlo. El pide como un mendigo, suplica como una madre, ruega como un enamorado. Es estremecedor: todo un Dios, despreciado. Un Dios que se ha abajado para estar con nosotros y ha dado su vida por cada uno de nosotros… Meditando este episodio, Señor, escucho el lamento que san Juan Crisóstomo pone en tu labios: «Yo soy amigo, y miembro y cabeza, y hermano y hermana y madre: todo lo soy, y sólo quiero intimar contigo. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti; en el cielo, por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para Mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres?» Eso, Señor, ¿qué más puedo querer? ¡Sólo abrirte el corazón y acogerte y amarte como tú me amas! María, Madre, tú que de generosidad sabes tanto, enséñame a decir “hágase en mí según tu Palabra”.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
30/10/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
|