Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.” Jesús aparece en los evangelios –sobre todo en el de Lucas- orando con frecuencia. Hoy nos dice que pasó la noche orando. Se preparaba así para la importante decisión de elegir a los Doce que le acompañarían y formarían la primera comunidad. Seguramente Jesús pediría al Padre por cada uno de aquellos que iba a llamar, para que fueran fieles. Y no dedicó sólo un rato para orar, dedicó toda la noche…Y nosotros, ¿con qué frecuencia oramos? ¿Cuánto tiempo dedicamos a orar? Desgraciadamente hay muchos cristianos que no han descubierto el valor de la oración y no sienten necesidad de orar. Y así pasan días y días sin ponerse cara a Dios. Tal vez sólo se acuerdan de Dios en algún momento de apuro. Señor, que descubra el valor de la oración, que para mí sea algo importante. Y que no me escude en que tengo muchas cosas que hacer. Tú estabas muy ocupado, pero para estar con el Padre siempre sacabas tiempo. Y es que cuando uno ama, para estar con el Amado siempre encuentra tiempo.
2. Hoy celebramos la fiesta de dos de aquellos Doce que eligió el Señor, después de orar: Simón y Judas Tadeo. Además del nombre, poco sabemos de ellos. Pero sí sabemos que –como los demás- escucharon la llamada del Señor a irse con él y estar con él y aprender de él a vivir obrando en todo la voluntad del Padre y el modo de realizar la obra que el Padre le había encomendado. Los Evangelios cuentan que la respuesta de los Apóstoles a la llamada de Jesús fue siempre pronta, y sabemos que le fueron fieles hasta morir por confesar su fe. Y ¿por qué los elegiste, Señor? Sencillamente, porque así te pareció bien. Como todas tus elecciones, fue un acto de amor tuyo no merecido. Ninguno mereció ser elegido. Eran gente sencilla del pueblo. Muchos, pescadores de oficio, de escasa cultura y sin relaciones especiales con personas influyentes. Tampoco en sus virtudes sobresalían. No eran ningunos santos, sino judíos normales, con sus virtudes y sus defectos. De hecho, en el evangelio aparecen con los defectos que cualquiera de nosotros puede tener: cobardes y miedosos en los momentos de peligro, envidiosos a veces, discutiendo entre ellos por ocupar puestos más importantes que los otros… Y siendo así, los llamaste, Señor. Y esos hombres, humanamente muy limitados, después de Pentecostés, empujados por la fuerza del Espíritu Santo, se dieron a recorrer los caminos del mundo para anunciar el Evangelio a todos los hombres… Y es que quien se encuentra contigo y te ama de verdad no puede callar, se siente urgido a proclamar la fe que llena su vida de sentido y felicidad. Señor, ¿por qué muchos cristianos no sienten esa urgencia? Y yo, ¿siento la necesidad de proclamar a todos tu amor?
3. El recuerdo litúrgico de un apóstol, debe ser motivo de reflexión sobre nuestra fe y una llamada a seguir a Jesús con fidelidad, como lo siguieron los Apóstoles, hasta morir por Cristo y su evangelio. El Señor también nos ha llamado a nosotros para ser de los suyos y continuar su obra salvadora. Señor, gracias, porque gratuitamente me has llamado a formar parte de tu Iglesia; gracias por la fe que recibí de mis mayores a través de una larga cadena de testigos y creyentes. Concédeme la gracia de seguirte con el entusiasmo y la fidelidad de tus apóstoles Simón y Judas. No permitas, Señor, que la antorcha de la fe, que a través de ellos y de tantos otros creyentes ha llagado hasta mí. Que no deje, Señor, que esta antorcha se apague en mis manos, que la pase generosamente a las nuevas generaciones. Y te ruego también por la Iglesia. Que sea un hogar de amor y alegría para este mundo que camina en tinieblas buscando la luz. Que todos encuentren en ella un motivo de esperanza.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.