Sábado de la 29ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Sábado de la 29ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: _«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.» Y les dijo esta parábola: -«Uno tenla una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas." » Lucas 13, 1-9 ).g

1. El Señor no pierde ocasión para llamar a la conversión. Hoy lo hace con motivo de dos hechos que seguramente estaban aún en la memoria de sus oyentes: la muerte violenta de unos galileos, mientras ofrecían sacrificios en el templo, y la muerte de dieciocho personas sobre las que se desplomó la torre de Siloé. Estas muertes inesperadas las interpretaba la gente como castigo de Dios por los pecados. Y Jesús les dice que dejen de pensar que aquéllos habían sido castigados por ser pecadores, y procuren más bien escuchar la invitación que les hace Dios a convertirse, porque ellos –aunque se crean buenos- no son menos pecadores y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.” Nosotros ¿cómo reaccionamos ante los acontecimientos adversos, accidentes, catástrofes imprevistas, la muerte de un ser querido, etc.? ¿Vemos en ellos llamadas de Dios a la conversión, puesto que nos recuerdan que la muerte puede llegarnos también a nosotros de una manera inesperada? Y ¿qué será de nosotros si no nos encuentra preparados?

2. Hay cristianos que siguen con la mentalidad judía y ven las desgracias como castigo de un Dios vengador. De ahí las preguntas que se hacen cuando llegan: ¿qué hecho yo para que Dios me castigue con esto? Y no, Dios no se venga de nosotros porque somos malos. ¿Qué mal hizo Jesús para merecer ser crucificado? ¿Qué mal hizo María, su Madre, para que le arrebataran a su querido Hijo? ¿Qué mal hizo Mons. Romero para que lo mataran a tiros?... J. Aldazábal dice que en el plan de Dios “no entraba la muerte, pero lo que sí entra es que incluso de la muerte saca vida, y del mal, bien. Desde la muerte de Cristo, también trágica e injusta, toda muerte tiene sentido un misterioso pero salvador.” Lo malo que nos pasa, pues, no es castigo de Dios. Como tampoco lo bueno que nos acontece es premio por ser buenos. El amor benevolente de Dios es regalo gratuito del Padre bueno, que nos ama lo mismo cuando obramos bien que cuando obramos mal. Y las desgracias hemos de verlas como ocasión y aviso para la conversión, pues nos recuerdan lo efímeros que son los bienes de este mundo y lo breve y fugaz que es la vida humana. Tanto que, inesperadamente, se puede acabar todo en un momento y encontrarnos -si no nos convertimos- con las manos vacías de obras buenas de amor, de entrega, de solidaridad...

3. Para urgirles más aún la conversión, el Señor les presentó a aquéllos la parábola de la higuera que no da fruto. Tres años llevaba el dueño yendo a buscar fruto y nunca lo encontró. Lo lógico era cortarla: ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” También éste debe ser un aviso fuerte para nosotros. El Señor lleva años cuidándonos con múltiples gracias y dones. Y ¿qué frutos encuentra en nosotros? ¿Abundantes?, ¿pocos?, ¿sabrosos?, ¿incomibles? Con aquella higuera tuvo paciencia el dueño durante un año más, como le pidió el viñador. También ante nuestras vidas vacías de frutos -o con menos de los que esperaba- el Señor tiene paciencia y sigue dándonos nuevas oportunidades. Pero ¿hasta cuándo? Hoy siento que me llamas, Señor, a espabilarme, a romper con esta vida perezosa, infecunda y estéril que llevo, y aprovechar las nuevas oportunidades que me des para llenarla de obras de amor, que son las buscarás en mí al final.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

25/10/2008


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