Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. En el evangelio hoy el Señor nos llama a estar vigilantes, en actitud de espera, siempre dispuestos para acoger al Señor, cuando venga: “Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas”. Y pone como modelo al criado que espera la vuelta del amo que ha ido a una boda, ceñida la túnica y con la luz encendida, de modo que pueda abrirle apenas llame, sin tardanza ninguna y sin dar lugar a que se enfade. Así –dice Jesús - debemos estar los que esperamos la vuelta del Señor. Porque sabemos que vendrá, pero ignoramos la hora. Lo razonable, pues, es estar espiritualmente preparados, con la lámpara encendida, es decir, con la vida iluminada por la luz de las buenas obras, haciendo el bien, amando y sirviendo a Dios y a los hermanos.
2. Los que estén preparados son felicitados: “Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela”. El banquete del Reino de Dios, en la Biblia, frecuentemente es descrito como un banquete de bodas, que Dios prepara para los que acogen el Reino; y en este banquete nos encontraremos con el Señor y con todos los que amamos. En ese banquete se invertirán los papeles: el siervo será señor, el Señor se hará siervo: “os aseguro que [el señor] se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo”. Si lo pensáramos, qué otra sería nuestra actitud ante la espera del Señor, ante la muerte; no la temeríamos como a ladrona, sino que la espera-ríamos, con ansia, como a quien viene a abrirnos la puerta para la fiesta del Señor. Así la esperaba la Santa de Ávila, y por eso, cantaba: “Ven, muerte, tan escondida,/ que no te sienta venir,/ porque el placer de morir/ no me vuelva a dar la vida”. Y de Francisco de Asís, estando para morir, cuenta su biógrafo que pedía a sus frailes “que cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la vida que era tan inminente”.
3. La pregunta que debemos hacernos hoy -y cada día- sería ésta: Si el Señor llegara en este momento, ¿yo estaría entre los “dichosos” a los que el Señor sentará a la mesa e irá sirviendo? No olvidemos que el Señor llegará por sorpresa, que el encuentro con él puede ser en cualquier momento, hoy mismo. Es algo, pues, que no puede improvisarse, hay que prepararlo día a día. Por eso, hoy debemos preguntarnos: si en este momento me dijeran que éste es el último día de mi vida –que el Señor llega-, ¿cómo me gustaría haber vivido?, ¿qué cosas me gustaría haber hecho o haber dejado de hacer? Si fuésemos medianamente sensatos -con la sensatez de Dios-, viviríamos como si el de hoy fuera nuestro último momento. Entonces sí esperaríamos, Señor, el encuentro contigo sin temor, sino con la esperanza y el gozo del que espera a quien ama y sabe que le ama.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.