Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Continuamos escuchando y meditando las duras imprecaciones de Jesús contra los fariseos. Hoy les echa en cara otra mentira de su vida. Por una parte, honran a los profetas “antiguos” que sus padres mataron y con ello reconocen que sus mayores obraron mal al asesinar a personas que les hablaban de parte de Dios; pero por otra, le rechazan a Jesús, el Enviado del Padre, que está por encima de todos los demás profetas y no aceptan su mensaje de salvación. ¿No hacemos algo así los cristianos de hoy? Honramos a los “profetas” antiguos, es decir, a los santos, y les levantamos altares y monumentos... Pero, ¡cómo nos cuesta escuchar a los “profetas” de hoy, que nos transmiten el mensaje de Dios y denuncian nuestros pecados, nuestra fe lánguida y nuestra vida cristiana mortecina, como son el Papa y los obispos y otras personas, sacerdotes y seglares, verdaderos hombres y mujeres de Dios! Los fariseos, Señor, te rechazaban, porque tu mensaje les resultaba incómodo. Y los cristianos de hoy, ¿por qué rechazamos el mensaje de Dios, que nos llega a través de estas personas? ¿No es porque también nos molesta? Señor, que busque de verdad a Dios. Que acoja tu mensaje, aunque choque con mi vida cómoda y mi cristianismo confortable.
2. Los escribas -en su orgullo y soberbia- creían tener la llave de la sabiduría. Ellos eran los maestros de ley y rechazan a Jesús, porque piensa y actúa de manera distinta a ellos; a él que sí tiene la llave del saber y es el único Maestro que nos revela lo que el Padre le ha confiado: “Todo me lo ha confiado mi Padre. Y nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelárselo.” (Lc 10, 22) Y Jesús no sólo les reprocha que le rechacen ellos, sino que, con su ejemplo, arrastren a la gente del pueblo a no creer él tampoco: “¡Ay de vosotros, maestros de la Ley…, vosotros, que no habéis entrado [en el Reino] y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar”! ¡Qué gran responsabilidad la suya, Señor: ni te aceptan como Mesías ni dejan que te acepten los demás! Y de nosotros, Señor, ¿no puedes decir algo parecido? Con nuestro no abrirnos de verdad a tu evangelio, con nuestro cristianismo amodorrado, acomodaticio, ¿no “cerramos” la puerta a muchos?; ¿no somos impedimento para que otros crean por nuestra vida antievangélica? Señor, perdona la frialdad de mi vida cristiana y los malos ejemplos que doy. Ayúdame, Señor, a ser más coherente con la fe que me has regalado. Que mi vida no aparte de ti, sino que invite a acercarse a ti.
3. Estas imprecaciones contra los fariseos y escribas tal, vez nos resultan palabras demasiado duras, casi impropias de Jesús, que es la misma misericordia. Pero en realidad eran llamadas amorosas a la conversión. Podríamos decir que estos “¡ay!” de Jesús son como un último intento desesperado de ablandar los corazones de aquellas gentes. Pero ellos siguieron en su cerrazón. Señor, que mi corazón no llegue a ese endurecimiento. Quiero escuchar tus llamadas a la conversión como llamadas de tu amor. Aunque a veces sean “duras”. Un amigo me decía que cuando más fuertemente había percibido tu llamada amorosa y tu amor misericordioso fue cuando le diagnosticaron un cáncer. Señor, yo quiero escucharte siempre. Quiero ver tu amor en todo. También, en los acontecimientos difíciles y dolorosos, a través de los que me hablas y me dices tu amor. Dame tu gracia para que así sea.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.