Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Una mujer, impresionada por las obras que hace Jesús, y por el gran poder que ha mostrado, al vencer el poder de Satanás y traer la salvación, piensa en lo dichosa que será la madre de aquel hombre. Porque ¿hay mayor felicidad y gloria para una mujer que los hijos que ha engendrado y criado? Por eso la mujer no puede aguantar y grita su admiración: “ Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron." Pero sorprendentemente Jesús responde: “Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. No cabe duda que María es dichosa por haber llevado en su seno y haber amamantado y cuidado a Jesús. Pero para él no es eso lo más importante. Lo más importante –nos dice con su extraña respuesta- es que María ha escuchado la palabra de Dios, la ha acogido y la ha hecho vida. Esto es lo mejor de su Madre, y por eso es la bendita y dichosa entre todas las mujeres, por antonomasia,
2. Los cristianos somos los que hemos acuchado la Palabra de Dios y luchamos por ser fieles a esa palabra que se nos ha dado como luz, para que, en nuestro caminar a la casa del Padre, no equivoquemos el camino. Y María hoy se nos propone como Maestra para la comunidad, para la Iglesia, para nosotros, de cómo acoger la Palabra de Dios y rumiarla en el corazón y encarnarla y vivirla, aunque a veces no lleguemos a entenderla y nos sea doloroso aceptarla. “Hágase en mí según tu Palabra”, respondió María a Gabriel en la Anunciación. Y desde ese momento, su vida no fue más que vivir su “sí”, su “hágase”, siempre y en todas las circunstancias, por complicadas que fueran. ¡Y qué complicadas y dolorosas fueron algunas! Sobre todo, cuando llegó la persecución y condena y muerte en cruz de su Hijo. ¡Cuánta oscuridad, cuánta noche, cuánto dolor y desconsuelo en esos momentos! Pero tú, María, ni en esos momentos amargos te echaste atrás; tan agarrada te tenía la Palabra que también entonces seguiste diciendo “sí”, “hágase”.
3. María, Madre, enséñame a escuchar la Palabra de Dios. Que no me limite a oírla y almacenarla en la memoria. Que la acoja gozosamente en el corazón, que la medite cada momento, para que impregne mi vida toda. Y que la cumpla, que la haga vida. Como Francisco de Asís, de quien dice su biógrafo Celano: “Nunca fue oyente sordo del Evangelio, sino que confiando a su feliz memoria cuanto oía, procuraba cumplirlo a la letra sin tardanza.” Sólo así llegaré a saborear el gozo y la felicidad del que escucha y vive el evangelio. Madre, que no tema decir “sí” a Dios y que sea fiel a mi “sí”, como tú lo fuiste, como lo fue Francisco. Tú, Madre, conoces mi debilidad. Sabes que la constancia no es mi fuerte. Que hoy digo “sí” al Señor, y mañana todo lo he olvidado. Camina conmigo, Madre, y cuando llegue la dificultad, ruega por mí, para que no me eche atrás.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.