Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Ayer el evangelio nos invitaba a ponernos a la escucha del Señor. Hoy vemos que los discípulos le piden que les enseñe a orar. Ellos le han visto retirarse frecuentemente, apartarse de los demás, para estar a solas con el Padre y orar. Y quieren hacer lo mismo. Pero ¿cómo hacerlo: cómo orar, qué pedir a Dios y cómo pedirlo?. Y el Señor les enseñó cómo dirigirse al Padre: " "Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día el pan que nos corresponde, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”
2. “Padre”, “Abbá.” Este Abbá era la palabra que usaban los niños para dirigirse a su padre, cuando empezaban a balbucear. Y es la primera palabra que decimos nosotros cuando oramos, y constituye ya toda una oración. Padre, Abbá, papaíto. Una palabra para decirla y decirla, y quedar arrobados. Pero ocurre que estamos tan acostumbrados que la decimos y nos quedamos como si nada. Es lo que lamenta José Mª Cabodevilla: “Digo: ‘Dios es mi padre’ y no experimento emoción alguna… Ni ternura, ni agradecimiento, ni alegría, ni orgullo. Y, bien mirado, habría razón sobrada para morir, en ese momento, de ternura, de agradecimiento, de alegría, y también de terror, de orgullo, y también de vergüenza.” Lo que hace la rutina, Señor.... Por otra parte, decimos “Padre” y “nuestro”. De ahí que diga San Cipriano: “cuando llamamos a Dios Padre nuestro, tenemos que acordarnos que hemos de comportarnos como hijos de Dios.” Y san Juan Crisóstomo: “No podéis llamar Padre nuestro al Dios de toda bondad, si conserváis un corazón duro y poco humano, pues, en tal caso, ya no tenéis en vosotros la marca de bondad del Padre celestia l”…. Señor, líbrame de “acostumbrarme” a rezar el Padre nuestro. Que lo rece siempre como si fuera la primera vez, como si lo estrenara cada mañana, saboreándolo como lo han saboreado tantos cristianos. Y que lo rece con sinceridad.
3. «Señor, enséñanos a orar”, pidieron los discípulos, y lo hemos de pedir nosotros constantemente. Porque necesitamos orar y no sabemos hacerlo. ¿Cuántas veces vamos al Señor pero pretendiendo convencerle de que haga lo que nosotros deseamos? Y olvidamos lo que dice san Agustín: «El hombre ora no para orientar a Dios, sino para orientarse a sí mismo». Y Julien Green escribió: «El objetivo de la oración no es conseguir lo que hemos pedido, sino hacernos distintos”. Y para L. Evely “orar es ponerse a disposición de Dios para que haga en nosotros finalmente lo que desde siempre ha querido hacer, y para lo que nunca le hemos dado ni tiempo, ni ocasión, ni posibilidad…” Y lo que Dios quiere hacer es hacernos hijos suyos, transformarnos en Cristo, conducirnos a tener los mismos sentimientos que el Hijo. Señor, que cada día sienta necesidad de venir a ti para ponerme a tu disposición para que hagas lo que tanto deseas hacer en mí.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.