Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Las Témporas –según dice el Misal- son días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, y reemprender la actividad habitual. Es un día, pues, para mirar los muchos beneficios que el Señor nos ha concedido durante el año. Dicen que el corazón bien nacido es agradecido. Por eso, cada día y en cada momento debiera brotar de nuestro corazón la acción de gracias al Señor, porque cada día ¡recibimos tántos dones de su amor! La dialéctica humana funciona-dice un autor- en base a "doy para que me des", pero la dialéctica divina se cambia por esto otro: "Me has dado mucho y por eso te doy gracias". Hoy, mirando lo mucho que nos has dado, Señor, te decimos de todo corazón: Gracias por tu bondad conmigo, con mi familia, con todos tus hijos. Gracias por tantos beneficios que nos concedes cada día. Gracias por tantas maravillas de la naturaleza que nos has regalado. Gracias porque nos has hecho capaces de dominar la creación para sacar de ella nuestro sustento y el de nuestros hermanos.
2. Y junto a la acción de gracia está la petición. El evangelio nos invita a pedir al Señor: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre”. ¡Cuán indigentes y necesitados nos sentimos a veces! No desechemos el consejo del Señor. Vayamos al Padre Dios para exponerle con confianza nuestras necesidades. El nos ama. Y porque nos ama, siempre nos escucha. Y, como padre bueno, siempre nos dará cosas buenas. No entenderemos a veces su respuesta; pero ¿entiende el niño pequeño que la medicina amarga que su madre le obliga a tomar, es algo bueno y lo mejor para él? Tampoco, a veces, entendemos nosotros las cosas de Dios. Pero el que cree de verdad que Dios le ama, en todo ve ese amor. “Para el que ama Dios todo le sirve para bien”, dice san Pablo. ¿Quién no ha experimentado lo bien que le ha venido una enfermad, un fracaso, etc. acogido y vivido con fe? De mí confieso -con humildad y agradecimiento al Señor- que nada me ha ayudado más a madurar humana y espiritualmente que el cáncer. ¡Cuánto bien me ha hecho la enfermedad! Sí, Señor, es verdad que siempre escuchas nuestros ruegos, y das “cosas buenas a los que te piden”, aunque no sea precisamente lo que esperamos.
3. San Agustín dice que -aunque las cosas no sucedan, a veces, como a nosotros nos gusta-, “demos gracias a Dios por todo, sin dudar lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra». ¡Cuánto más serena y llena de paz sería nuestra vida, si en los acontecimientos de cada día viéramos la mano amorosa del Abbá que nos quiere y cuida y, porque nos quiere, a veces, nos poda, como el hortelano a los árboles, para que el fruto sea más abundante y más sano! Dame, Señor, el Espíritu Santo que me haga clamar: ¡Abbá, Padre! Así, nada en el mundo me podrá quitar la paz y la alegría de sentirme amado por ti.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.