Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús ve a Natanael que se acerca, y lo alaba: “He aquí un verdadero israelita en quien no hay doblez.” Si el Señor nos viera llegar, ¿qué diría de nosotros? Es bueno que lo pensemos, porque podemos andar por la vida engañándonos y engañando a los demás: mostrando un exterior tan maravilloso que la gente habla de lo “buena persona” que somos; pero ¿en nuestro corazón no hay muchas veces demasiada mentira y falsedad? A ti, Señor, no te puedo engañar: ¿qué ves que no apruebas ni alabas? Yo desearía poder mostrarte siempre un corazón sin engaños según las palabras de Rumi, el poeta Sufí: "En la Presencia de su Gloria, observa tu corazón de cerca, de modo que tus pensamientos no te avergüencen: porque él ve nuestras culpas, opiniones y deseos tan claros como un cabello en un vaso de leche pura."
2. Natanael viene a Jesús traído por Felipe. Felipe había respondido a la llamada de Jesús, ya ha gustado la amistad del Maestro y comunica a su amigo la alegría de ese encuentro. ¿Sentimos nosotros necesidad de comunicar a los demás el gozo de nuestro encuentro con Jesús y los llevamos a él, como hizo Felipe? Si no es así, ¡bien pobre ha sido nuestro encuentro con Jesús, muy mortecina es nuestra fe y muy mezquino nuestro amor al Señor! No nos sorprendamos, pues, de no sentir necesidad de comunicar a los demás nuestra fe y nuestro amor. San Pío X decía: «sin una vida interior sólida, sin una auténtica unión con Jesucristo, sin piedad verdadera, no se puede ser apóstol». Por eso, Señor, quiero buscar cada día profundizar más y más en mi encuentro contigo. Muéstrame tu rostro, hazme saborear el gozo de tu amistad. Sólo entonces podré decir a los demás convincentemente: “Venid y veréis.”
3. La conversación de Jesús con Natanael termina con una promesa: -“En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar en torno al Hijo del Hombre.” Y esta promesa nos la recuerda hoy la liturgia en la celebración de la fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Los Ángeles son los mensajeros de Dios, siempre dispuestos a cumplir sus deseos. Benedicto XVI dice que los ángeles “llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y así abren la tierra. Precisamente porque están en la presencia de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre. En efecto, Dios es más íntimo a cada uno de nosotros de lo que somos nosotros mismos. Los ángeles hablan al hombre de lo que constituye su verdadero ser, de lo que en su vida con mucha frecuencia está encubierto y sepultado. Lo invitan a volver a entrar en sí mismo, tocándolo de parte de Dios.” Y concluye: “En este sentido, también nosotros, los seres humanos, deberíamos convertirnos continuamente en ángeles los unos para los otros, ángeles que nos apartan de los caminos equivocados y nos orientan siempre de nuevo hacia Dios.” En un canto de los negros norteamericanos se canta: “Día y noche van tus ángeles, Señor, conmigo.” Sí, Señor, que día y noche vengan tus ángeles conmigo. Que ellos me defiendan y me guíen por el camino recto. Y que nosotros seamos, a nuestra vez, “ángeles” para nuestros hermanos que los apartemos de los caminos equivocados y los orientemos de nuevo hacia Dios. Hasta que un día, Señor, junto con los ángeles, podamos gozar de Dios cara a cara y adorarlo eternamente en el cielo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.