Miércoles de la 25ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Miércoles de la 25ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: - No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes. ( Lucas 9,1-6).

  1. Hoy contemplamos a Jesús asociando a los Doce a su misión. Quiere extender su reino por medio de ellos: “ Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos ...” Así, a nosotros. Los cristianos somos los que hemos sido llamados por Jesús, los que él ha querido reunir en torno suyo. ¡Qué dicha, Señor, saberme llamado por ti! ¡Qué privilegio ser de los convocados por ti para formar parte de tu Comunidad, para ser miembro del nuevo pueblo de Dios! Y no, por mis méritos, sino porque me has amado gratuitamente. Gracias, Señor, por ese amor. Siento una gran alegría al pensarlo. Que te responda amándote siempre y que no te abandone nunca.
  1. A los Doce no sólo los reúne, sino que también los envía, como él había sido enviado. Y la misión será hacer lo mismo que él hacía: anunciar el Reino del amor y librar a los hombres de la enfermedad y de todo sufrimiento físico o psíquico, mostrando con ello que el Reino de Dios ha comenzado y está actuando en el mundo. Por eso les transmite el poder y la autoridad que él mismo posee. Así también a nosotros. No nos ha reunido sólo para estar con él, sino para que vayamos y continuemos su misión. ¿Nos sentimos “llamados y enviados”, o sólo “llamados”? Porque éste es el peligro: creer que hemos sido llamados sólo para nuestro provecho, para que seamos buenos y nos salvemos, sin preocuparnos de dar a conocer a los demás la Buena Nueva de su amor, ni hacer nada para aliviar o suprimir el dolor o la necesidad del que sufre. Pero ¿cómo vivir de verdad el gozo del amor del Señor y no anunciarlo y compartirlo con los demás? Dice Juan J. Bartolomé: “…si los discípulos de Jesús, que se saben queridos por él y por él enviados, callan… ¿quién va a convencer al mundo de que Dios lo ama?” Señor, que no olvide que lo que me has entregado es para entregarlo. Que tome en serio mi misión de apóstol: de elegido y enviado para de anunciar y librar… Misión que nos es sólo de los sacerdotes, sino de todo miembro de la Iglesia.
  1. A los enviados les dice: No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto .” El bastón, la alforja, el pan, algo de dinero, una muda, es el mínimo necesario para el viajero. Y Jesús les dice que ni eso lleven. Es un modo de decirles que la tarea de extender el Reino de Dios no han de hacerla apoyados en sus fuerzas, sabiduría y cualidades, ni en técnicas y estrategias humanas, sino en el nombre de Jesús, y apoyados en su fuerza. Porque no es tarea humana, sino sobrenatural. Por eso, cuando nuestro trabajo apostólico no da fruto, preguntémonos si no será que nos apoyamos más en nuestras fuerzas que en las de Jesús, y las hacemos más en nuestro nombre que en el suyo, y si nos preocupan más –y a veces sólo- las estrategias y métodos humanos, que orar y pedir la ayuda y luz del Señor. San Agustín aconsejaba: “ Antes de permitir a la lengua que hable, el apóstol debe elevar a Dios su alma sedienta, con el fin de dar lo que hubiere bebido y esparcir aquello de que la haya llenado”. Señor, que no olvide que el Reino es tu obra, no la mía, y sin contar contigo nada lograré.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

24/09/2008


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