Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús sigue recorriendo las ciudades y pueblos pregonando la Buena Nueva de la alegría y de la salvación. Le acompañan los Doce que eligió. Ellos, como discípulos, están con el Maestro, aprendiendo su estilo de vida: escuchando su mensaje, acogiéndolo en su corazón, viviendo su amistad, y viendo las obras que hace. Así se preparan, diríamos, para ser continuadores de su obra de anunciar su mensaje y hacer lo que él hacía. Esta misión, Señor, es la nuestra ahora, en estos tiempos. Pero ¿nosotros nos “preparamos” como ellos, escuchando y meditando tu palabra, frecuentando tu trato, viviendo una amistad profunda contigo, orando? Si no es así, ¿realizaré tu obra o la mía, anunciaré tu mensaje o el mío? Señor, sólo quien te escucha y te trata en la oración, te conoce y puede hablar de ti con verdad. Que no lo olvide, Señor.
2. Ayer vimos cuál fue la actitud de Jesús respecto a la mujer pecadora: No la desprecia, la acoge y la defiende contra las críticas del fariseo Simón. Hoy vemos que, por ciudades y aldeas, junto a los discípulos, acompañan a Jesús algunas mujeres. Esto era sorprendente en aquellos tiempos. Los rabinos no admitían discípulas. Pero Jesús no hace distinción, eleva a la mujer al mismo nivel moral y espiritual del varón. De hecho admite mujeres en su compañía y les entrega su mensaje de salvación y amor como a los discípulos. Ellas habían experimentado su amor liberador: las “había curado de malos espíritus y enfermedades.” Ahora siguen y sirven a Jesús y a los suyos hasta con sus bienes. Y ahí están acompañándole, sirviéndole. A algunas las veremos, firmes, al pie de la cruz junto con María, su Madre… Sin embargo, durante mucho tiempo en los ambientes cristianos la mujer ha sido postergada a un segundo plano. Las cosas, gracias a Dios, están cambiando. Pero hoy preguntémonos: En nuestros ambientes, ¿cómo se valora a la mujer? En la misma Iglesia, como varón ¿es mi actitud frente a la mujer como la de Jesús? Y, como mujer, ¿me siento inferior, de modo que rehúso las responsabilidades?
3. Hoy terminemos imaginando los buenos ratos que pasarían los apóstoles y el grupo de mujeres con Jesús al que tanto querían. ¡Qué diálogos de amor serían los suyos! Jesús les hablaría del reino de Dios, del amor del Padre, de los planes de amor que el Padre tenía para todos. Y ellos le contarían sus ilusiones y esperanzas, y sus dudas y miedos. Y en aquellos diálogos, sentirían que sus corazones ardían más y más en amor al Maestro y a la causa del reino de Dios… Señor, como cristiano, elegido por ti para ser discípulo tuyo, también quiero acompañarte y servirte, y pasar tiempo contigo. Para hablarte de mi amor, de mis ilusiones, de mis problemas, miedos y caídas… Y, sobre todo, para escuchar tus palabras de amor, de perdón, de ánimo y consuelo, y los planes que tienes sobre mí… Señor, sé que tú siempre tienes ganas de escucharme y hablarme. Que las tenga yo también. Tú siempre me esperas; que yo, Señor, vaya, y no te deje esperando.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.