Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús había elegido a los Doce. Con ello ponía en marcha la formación de su comunidad, del nuevo pueblo de Dios. Ahora comienza un largo discurso, en el que expone un conjunto de enseñanzas que deberán regir la vida de esa nueva comunidad. Comenzó proclamando las Bienaventuranzas y Malaventuranzas que leemos hoy. Es una palabra desconcertante, dura. Fulton Sheen escribió: “El día que nuestro Señor enseñó las bienaventuranzas, firmó su propia sentencia de muerte”. Porque ¿cómo se pueden predicar cosas tan a contrapelo de lo que la gente piensa y busca, y esperar que te sigan? Buscar la felicidad, no por el camino de la riqueza y el tenerlo todo y pasarlo bien, sino por los caminos que la gente más rehúye y desprecia: el de la pobreza, del hambre, del no contar nada, de ser despreciado... Señor, ¿cómo me suena a mí esta palabra tuya? Además de saberla, ¿es la que rige mi vida?
2. Pero la pobreza que Jesús proclama no es la pobreza por la pobreza. ¿De qué sirve no tener nada, y tener el corazón lleno de ambiciones, de envidias del que tiene, de codicia de cosas materiales? Los que Jesús proclama dichosos son los “Pobres de Yahvé” de la Biblia: los tenidos en la tierra por los últimos, los desamparados, los marginados, los que no ponen su confianza en las riquezas, ni en el poder, ni en el saber, ni en el ser buenos, sino sólo en Dios. Y porque tienen el corazón vacío de todo, Dios puede entrar en él, ellos pueden acoger el Reino de Dios. Lo estaba observando Jesús: los ricos y sabios rechazan su mensaje de liberación. No lo necesitan. Se sienten seguros y satisfechos con lo que tienen. Los pobres, los enfermos, los que no cuentan, los que se sienten pecadores, son los que desean y acogen su mensaje. Ellos se alegran y saltan de gozo, son dichosos, porque llega su liberación. Yo, Señor, ¿entre quiénes estoy? ¿Entre los de corazón libre, abierto a tu mensaje liberador, o entre los satisfechos, los del corazón tan lleno de cosas, que no cabe nada más? Señor, de los distintos“¡Ays!” que pronuncias, ¿cuáles diriges hoy contra mí? Cuando no encuentro la felicidad y la dicha, ¿no será que la busco en donde no está y la pido a quien no me la puede dar?
3. Éste es el programa que Jesús presenta a los que ha elegido para ser sus discípulos. Es el programa que él realizó. Ojalá hoy nos sintamos animados a vivirlo. Dame, Señor, tu gracia para que sea capaz de vivir el espíritu de las bienaventuranzas, como lo vivió Francisco de Asís, quien, después de despojarse hasta de sus vestiduras ante el obispo de Asís proclamó: “De aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza: "Padre nuestro, que estás en los cielos, en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza.” Y ahí está: un hombre que no se reservó nada, que sufrió mucho, pero uno de los hombres más dichosos y alegres que ha pisado esta tierra. Señor, dame un corazón sencillo, humilde y pobre como el de Francisco, donde, como en el suyo, tú lo seas todo y seas en verdad mi Señor.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.