Domingo 22º del Tiempo Ordinario (A)
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreir todo el día, todos se burlaban de mi. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía. ( Jeremías 20,7-9). En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: "¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte." Jesús se volvió y dijo a Pedro: "Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios." Entonces dijo a sus discípulos: "El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta." (Mateo 16:21-27). 1. Dice Jeremías: "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste” (1ª lect.) Algo así podíamos decir nosotros. ¿Por qué estamos en la Iglesia? ¿Por qué somos cristianos? Porque, a través de una serie de circunstancias, -que a veces ni conocemos- el Señor nos sedujo y nos metió en la maravillosa aventura de creer, de ser discípulos suyos... Como a los Apóstoles, un día el Señor nos salió al encuentro, nos invitó a ser de los suyos, y nosotros aceptamos Y aquí estamos caminando tras de él y, con él, sentándonos a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía… A Jeremías haber aceptado la llamada de Dios no le trajo más que problemas. Hasta el punto que hay un momento en que, abatido, quiere dejar el encargo recibido: “«No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero no puede, la fe le empuja a seguir adelante: “pero ella (la Palabra) era en mis entrañas fuego ardiente...; intentaba contenerlo, y no podía.” ¿No es lo que nos ha ocurrido a nosotros a veces? Pero la fuerza de tu llamada, Señor, nos ha mantenido y empujado a continuar. Gracias, porque no nos has abandonado nunca. 2. El domingo pasado, veíamos cómo Pedro era alabado por Jesús por confesarle como el Mesías, el Hijo de Dios: "Dichoso tú, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que esta en los cielos "... Hoy vemos que, al escuchar a Jesús decir que va a morir crucificado, se subleva y lo increpa: "¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte." Y es entonces cuando sufre el rechazo de Jesús : " Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios." Y es que Pedro no había entendido aún que el camino de Cristo era camino de renuncia y sacrificio, antes de ser de salvación y de gloria. Lo había dicho Jesús: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto.” Pero ni Pedro ni los demás habían entendido. Siguen soñando un Reino de Dios de éxitos y triunfos. A Pedro le gustaban los aspectos halagüeños del seguimiento de Jesús; pero no, el sacrificio y la humillación. A él le encantó el monte Tabor, el de la transfiguración, donde quiso quedarse. Pero no, el del Calvario, el de la cruz, el de la humillación y la muerte. ¿No nos ocurre lo mismo a nosotros? Señor, ¡cómo nos cuesta aceptar la paradoja de tu evangelio: morir para resucitar, perder la vida para recuperarla! 3. Después, Jesús habla del camino que han de seguir los discípulos: "El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Seguir a Jesús es poner la vida al servicio de Dios y del hermano, como hizo Jesús. Ello supone colocar en segundo plano nuestros propios intereses y renunciar a triunfos y éxitos tal como los entiende el mundo: ser importante, estar por encima de los demás, hacerse rico, etc. Y cargar la cruz de la fidelidad al camino de Cristo. Jesús por cumplir la voluntad del Padre dijo lo que tenía que decir, e hizo lo que tenía que hacer: denunció los abusos de los dirigentes de su tiempo y su trato injusto y despectivo de los pobres, enfermos, pecadores, marginados, etc., y se puso de parte de los despreciados. Ello le atrajo la malquerencia de escribas y fariseos, que no pararon hasta lograr que lo condenaran y lo crucificaran. “ Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará ”... Señor, hoy me dices a mí, que tanto temo perder la vida, que perderla es el único modo de “encontrarla.” Tú la perdiste por ser fiel a tu misión y la recuperaste gloriosa”. Que no tema yo seguir tus pasos y jugarme la vida por serte fiel, porque sólo así la recuperaré gloriosa.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
31/08/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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