Sábado de la 17ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús, y dijo a sus ayudantes: "Ese es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos, y por eso los Poderes actúan en él". Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado por motivo de Herodías, mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera. Ella, instigada por su madre, le dijo: "Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista". El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús . ( Mateo 14, 1-12). “Oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús, y dijo a sus ayudantes: "Ese es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos, y por eso los Poderes actúan en él". Herodes había mandado degollar al Bautista. Pero el remordimiento no le dejaba tranquilo. La conciencia le grita su crimen y le inquieta. Cuando oyó hablar de Jesús y de las obras que hacía, recordó el crimen cometido y le aterroriza, pues piensa si será Juan que ha resucitado y va a seguir gritándole su pecado… Señor, yo quiero escuchar la voz de mi conciencia, cuando no obre bien. ¡Lo terrible sería no escucharla! Y quiero escucharla, no para agobiarme y temblar de miedo al castigo, sino como gracia, como llamada amorosa del Padre bueno que eres, que me invita al arrepentimiento y a volverme a ti mediante la conversión.
“Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado por motivo de Herodías, mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella.” El delito de Juan fue no callar, sino denunciar la vida inmoral de Herodes, puesto que vivía en adulterio. Esto molesta a Herodes, pues piensa que Juan no tenía por qué meterse en sus asuntos privados, y lo encarcela para ahogar su voz. La verdad a veces escuece, resulta demasiado amarga y molesta escucharla. Sobre todo, a los poderosos. Por eso los tiranos siempre han intentado ahogar las voces que la dicen. Es lo que hizo Herodes con Juan. ¿Tenemos nosotros miedo a oír alguna verdad? ¿Qué verdades no quiero oír y por qué? ¿Oigo a los “profetas” que me recuerdan mis errores y pecados y me llaman al buen camino, o me estorban e intento acallar su voz? Señor, líbrame del miedo a la verdad, por amarga que sea. Hazme humilde para admitirla agradecido.
Herodes tenía en la prisión a Juan, pero no se atrevía a matarlo. La ocasión llegó cuando “la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera. Ella, instigada por su madre, le dijo: "Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista". El rey… mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre.” Qué cobardía la de Herodes: por respeto humano, por temor al qué dirán los invitados, cumple la promesa, a sabiendas de que no era justo lo que le pedían. Cobardía en Herodes, y en Herodías –la instigadora del crimen- malicia, resentimiento y desenfrenado deseo de venganza: pide la muerte injusta del “profeta” porque le reprochaba su pecado. También hoy hay muchos “profetas” que, por denunciar valientemente la injusticia y el mal, resultan tan incómodos a los poderosos que los llegan a eliminar. Ahí están Monseñor Romero y tantos otros mártires de nuestro tiempo. ¿Y nosotros? Todo cristiano, en el bautismo, ha sido ungido “profeta”. ¿Cumplimos nuestra misión? ¿Soy “profeta molesto”, porque doy testimonio y denuncio, o soy “profeta callado, cómodo”? ¡Señor, dame la valentía del Bautista para vivir mi fe y denunciar valientemente la injusticia y el mal, sin miedo a la crítica, a la burla o la persecución.
INDULENCIA DE LA PORCIÚCULA Hoy se celebra la fiesta de la Virgen de los Ángeles, y la Indulgencia de la Porciúncula. De ésta dijo Pablo VI: “ San Francisco de Asís pidió a Cristo, mediante la intercesión de la Reina de los Ángeles, el gran perdón o «indulgencia de la Porciúncula», confirmada por mi venerado predecesor el Papa Honorio III a partir del 2 de agosto de 1216. Desde entonces empezó la actividad misionera que llevó a Francisco y a sus frailes a algunos países musulmanes y a varias naciones de Europa. Allí, por último, el Santo acogió cantando a «nuestra hermana la muerte corporal» (Cántico de las criaturas). De la experiencia del Poverello de Asís, la iglesita de la Porciúncula conserva y difunde un mensaje y una gracia peculiares, que perduran todavía hoy y constituyen un fuerte llamamiento espiritual para cuantos se sienten atraídos por su ejemplo. A este propósito, es significativo el testimonio de Simone Weil, hija de Israel fascinada por Cristo: «Mientras estaba sola en la capillita románica de Santa María de los Ángeles, incomparable milagro de pureza, donde san Francisco rezó tan a menudo, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a arrodillarme» (Autobiografía espiritual). La Porciúncula es uno de los lugares más venerados del franciscanismo, no sólo muy entrañable para la Orden de los Frailes Menores, sino también para todos los cristianos que allí, cautivados por la intensidad de las memorias históricas, reciben luz y estímulo para una renovación de vida, con vistas a una fe más enraizada y a un amor más auténtico. Por tanto, me complace subrayar el mensaje específico que proviene de la Porciúncula y de la indulgencia vinculada a ella.” (Para ganar la indulgencia de la Porciúcula hay que visitar una iglesia franciscana y rezar un Padrenuestro y un Creo; confesión y comunión –dentro de la semana anterior o posterior-, y orar por las intenciones del Papa.)
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
02/08/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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