Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Jesús dejó a la gente y se fue a su casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: «Acláranos la parábola de la cizaña del campo». Vemos aquí gente que, diríamos, está satisfecha con lo que han comprendido de lo predicado por Jesús, y se van. Pero los discípulos quieren algo más y le piden que les explique la parábola de la cizaña. Ellos necesitan penetrar más en su mensaje. Jesús siempre está dispuesto a enseñar a los suyos. Sabe que son lentos para comprender y les cuesta calar en el sentido de su mensaje, y atiende su petición y les explica la parábola… ¿En dónde estoy yo: entre los que buscan más, o soy de aquellos a quienes les basta lo mínimo? Señor, dame hambre de ti y de tu mensaje; que te busque y dedique tiempo para escucharte y ahondar más y más en lo que quieres de mí. Háblame, Señor. Desvélame cada vez más tu mensaje de amor .
2. “La buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno… al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados, y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.” En el campo del mundo, de la Iglesia, de la comunidad, hay gente buena: los ciudadanos del Reino, las personas que acogen y viven el reino de amor predicado por Jesús. Pero hay también quienes son amigos del Maligno, los que, seducidos por el diablo, se cierran a sus llamadas y no responden o responden a medias. Ahora, Señor, tú callas y permites que convivan buenos y malos; pero al final dirás tu sentencia: la cizaña, los malvados, al horno encendido, al infierno, donde no habrá felicidad sino llanto y rechinar de dientes por el fracaso de sus vidas; y los justos a la gloria del Padre, a la luz de la felicidad y la alegría. Señor, ¡qué suertes tan distintas! Y en nuestras manos está elegir un camino u otro. No permitas que equivoque la elección. Que no me deje seducir por el enemigo, Señor.
3. “El que tenga oídos, que oiga”. Es tu advertencia a los que nos llega tu palabra. Oír es acoger, meditar y guardar su mensaje. No dejarnos engañar, por más que el camino del enemigo parezca más seductor. Y no confiarnos temerariamente: ya llegará el momento. Ahora, Señor, tú tienes paciencia con nuestro pecado y nuestra tibieza, y esperas. Pero ¿hasta cuándo? Un día llegará la siega, nos adviertes. Y no sabemos cuándo. ¿Entre quiénes me encontrará ese momento: entre los justos o entre los malvados? Señor, tu paciencia de hoy es espera para que me convierta. Que no abuse más de tu misericordia, que me convierta a ti ya.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.