Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Días pasados, Jesús nos habló de cómo él siembra la semilla de la Palabra. Una semilla que no siempre es acogida con generosidad, y por eso no siempre da todo el fruto posible. Hoy nos dice que en el mundo -y en nuestro corazón- no sólo siembra él la buena semilla. Está también el enemigo malo, que siembra semillas perversas y envenenadas: la cizaña que crece entre el trigo: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo, y se marchó”. Es lo que vemos, Señor, en el mundo, en tu Iglesia, en las comunidades cristianas, en nosotros: el bien está mezclado con el mal, hay buenos y malos, y hay quienes responden generosamente a la gracia, y otros, poco o nada.
2. “Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga, apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo…: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Los criados, impacientes, quieren arrancar la cizaña en seguida. Piensan que en el trigal de su amo ha de haber solo trigo. La cizaña hay que eliminarla de inmediato. Como cuando los Apóstoles le proponían a Cristo hacer bajar fuego del cielo para exterminar a los samaritanos que no habían querido recibirlo en su aldea . (Lc 9, 54). ¿No es ésta nuestra reacción muchas veces cuando vemos el mal en la comunidad o en el hermano? ¡Qué intolerable nos resulta el pecado o la tibieza en los demás, Señor! Farisaicamente pensamos que entre los “buenos” -que, soberbiamente, pensamos somos nosotros- sólo han estar los sin tacha. Los que no, fuera. Y olvidamos, Señor, que todos somos pecadores.
3. La estrategia que Jesús propone es muy otra: “Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla y el trigo almacenadlo en mi granero.” Hay que esperar pacientemente, misericordiosamente, con la esperanza de que el malo se puede convertir en bueno. Como ocurrió en Saulo, que de perseguidor de los cristianos se convirtió en Pablo, el infatigable predicador del evangelio, y como ha ocurrido en tantos otros, y en nosotros mismos. ¿Qué sería de nosotros, si ante nuestro pecado, nuestra tibieza o nuestra vida cristiana de ir tirando, el Señor no esperara paciente y misericordiosamente que nos convirtamos? Y, sin embargo, nosotros ¡qué poco pacientes somos con los demás y qué pronto queremos echarlos a las “tinieblas exteriores”! Y es que, Señor, nos cuesta creer que el otro puede convertirse y cambiar… Menos mal, Señor, que tu corazón es más paciente y misericordioso… Señor, que confíe más en la capacidad de cambio del hermano. Que acepte que tu comunidad no es una comunidad de perfectos sino de pecadores en trance de conversión, de imperfectos que buscan la perfección del Padre que está en los cielos.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.