Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Las parábolas con las que Jesús expone a la gente el Reino no parecen demasiado difíciles y complicadas. Pero los discípulos observan que son pocos los que acogen el mensaje de Jesús, y se preguntan si será porque la gente no llega a entender las parábolas. Y le preguntan: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Aunque bien sabemos que, así como no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír, tampoco hay “peor entendedor” que el que no quiere entender. Era lo que pasaba a muchos de los que escuchaban a Jesús; aferrados al espíritu nacionalista fomentado por los fariseos y escribas, aunque escuchan a Jesús y admiran lo que hace, no llegan a entender ni se deciden a adherirse a él. ¿O tal vez te-mían “entender”, Señor? Porque ¿no me ocurre eso a veces? Cuando tu Palabra tiene aristas, cuando corta y punza y duele demasiado, me da miedo entender lo que me pides, y entonces doy un paso atrás y comienzo a buscar explicaciones más cómodas, más manejables, más sin complicaciones. Señor, Dios mío, ¿hasta cuándo temeré a tu Palabra? Ten misericordia de mí. Conviérteme, Señor.
2. La Palabra del Señor hay que escucharla con corazón humilde, sencillo, libre de prejuicios, y sin miedo a que nos desinstale y nos complique la vida. A los fariseos y a tantos otros, era lo que les faltaba. “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.” Sólo el oyente solícito llega a conocer el misterio del reino de Dios. Jesús llama a todos, a todos va dirigida su palabra. Pero en el corazón de cada uno se decide si se acepta o se rechaza su llamada. Lo del canto aquél: “un sembrador fue a sembrar / lo mejor de su semilla, / parte caía en el surco, / parte en la orilla; / la primera daba fruto / porque el agua la asistía, / la segunda se agostaba / y se moría. /No es culpa del sembrador, / ni es culpa de la semilla, / la culpa estaba en el hombre, / y en cómo la recibía”. No fallas tú, Señor, no falla la Palabra. Falla nuestro corazón que no se abre a ella. Señor, que yo, libre de miedos y prejuicios, escuche y acoja tu Palabra con grandes ansias de sentirme iluminado y cambiado por ella.
3. “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen.” Lo que los discípulos están viendo y oyendo es lo que muchos justos y profetas anhelaron ver y escuchar, pero no se les concedió… Señor, ¡que maravilloso, si de mí puedes decir un día que soy dichoso porque no me he negado a ver ni me he negado a oír el misterio de amor que has querido revelarme! Gracias, Señor, por haberme llamado a ser de los tuyos. Perdona las veces que, ciego y sordo, no he querido ver ni oír tu amor. Dame, Señor, unos ojos nuevos y un oído atento para ver y escuchar lo que quieres de mí en cada momento de mi vida y te responda generosamente.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.