Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy el Señor nos enseña a orar, algo tan esencial en la vida cristiana. Si somos tan mediocres como cristianos, si nuestra vida no camina más intensamente por los caminos del evangelio, ¿no será que no oramos lo suficiente? San Alfonso Mª de Ligorio decía: “Quien ora se salva, quien no ora se condena.” Porque ¿cómo vivir la vida de Dios, si nuestro corazón no está lleno de Dios? ¿Y cómo va a estar lleno de Dios, si no nos acercamos a él para dejarnos llenar? Benedicto XVI dijo a los jóvenes: “Abrid vuestro corazón a Dios. Dejaos sorprender por Cristo. Dadle el derecho a hablaros... Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso.” Señor, despierta en mí deseos grandes de orar, de encontrarme contigo en la oración. Háblame, Señor, que yo quiero escucharte.
2. Lo primero que nos dice el Señor es que, cuando oremos, no lo hagamos al estilo de los paganos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso”. No se trata de hablar y hablar, porque no se trata de convencer o ganarnos a Dios. Tenemos la gran suerte de tener ganado a Dios de antemano. El nos quiero y está siempre a nuestro favor. Sta.Teresa de Jesús dice que “orar no es sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama.” Señor, que vaya a ti para estar contigo hablando de amistad, hablando del amor que tú me tienes y del que yo deseo tenerte.
3. Finalmente, Jesús nos entrega la oración entrañable del Padre nuestro, en la que nos enseña a ponernos ante Dios con la actitud filial y confiada con que él se ponía. No es sólo una oración para recitar, es mucho más: en él Jesús nos marca el estilo de vida de los hijos de Dios. Lo hemos rezado centenares de veces. Pero ¿lo rezamos sin mentir? Un autor anónimo advertía: “No digas Padre, si cada día no te comportas como un hijo; no digas nuestro, si vives aislado en tu egoísmo; no digas que estás en el cielo, si sólo piensas en las cosas terrenales; no digas santificado sea tu nombre, si no lo honras; no digas venga a nosotros tu reino, si lo confundes con el éxito material; no digas hágase tu voluntad, si no la aceptas cuando es dolorosa; no digas danos hoy nuestro pan de cada día, si no te preocupas por la gente que tiene hambre; no digas perdona nuestras ofensas, si guardas rencor a tu hermano; no digas líbranos del mal, si no tomas partido contra el mal; no digas amén, si no has tomado en serio las palabras del Padre Nuestro”. Señor, concédeme la gracia de rezarlo siempre con verdad. Que no te mienta más.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.