Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los fariseos y escribas eran notables conocedores y cumplidores de la ley. Pero se quedaban en el mero legalismo. Jesús advierte a los suyos que eso no basta; el solo cumplimiento material de la ley no lleva a ninguna parte. La fidelidad del discípulo en vivir la nueva ley ha de estar muy por encima de la de los letrados y fariseos, si quieren entrar en el Reino de los cielos: “Sí no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”. Los discípulos de Jesús no podemos contentarnos con cumplir materialmente los mandamientos, nos ha de preocupar también el espíritu de los mandamientos. ¿De qué sirve cumplir las leyes y los ritos si ello no nace del amor y en ello ponemos amor?
2. Jesús pone a continuación unos casos concretos para decirnos en qué tenemos que ser mejores que los fariseos y letrados, y en qué ha venido a perfeccionar la ley, o qué es lo nuevo de la nueva ley de su comunidad: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena del fuego.” El quinto mandamiento –según lo que Dios quiere- no se cumple con sólo no matar. Hay que arrancar del corazón todo sentimiento contrario al hermano; por ejemplo, la injuria, el insulto, los juicios interiores, las críticas, los enfados, los deseos de venganza, etc. Albergar tales sentimientos contra el hermano es como “asesinarlo” espiritualmente, porque lo estamos rechazando y echando fuera de nuestra vida. Y esto merece la condena… Los tuyos, Señor, no podemos contentarnos, pues, con no hacer daño al hermano, tenemos que amarlo y hacerle el bien. El cristiano es el que ama, sin preguntarse hasta dónde puede llegar sin pecar mortalmente. “Al contrario,-dice J. Ratzinger (Benedicto XVI)- es cristiano el que busca sencillamente el bien, sin hacer cálculos. El que es sólo justo, el que busca hacer solamente lo correcto, es el fariseo; sólo aquel que no es meramente justo, es el que comienza a ser cristiano”. Señor, que no me quede en el farisaísmo de hacer lo correcto. Dame tu gracia para que pueda dar ese paso más de amar y hacer el bien, que nos pides a los tuyos.
3. El judío, si al ir a ofrecer un sacrificio, recordaba que había contraído alguna impureza, tenía que purificarse con una serie de abluciones. Pero el discípulo de Cristo, si advierte que la unión con el hermano está rota, para que su ofrenda sea agradable a Dios, debe restablecer la unidad antes, reconciliándose con el hermano: “Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.” El que no vive la fraternidad, la comunión con sus hermanos, no es apto para servir dignamente a Dios. Su ofrenda no es agradable a Dios. El servicio a Dios no sirve de nada, si no está avalado por el amor y la unidad fraterna. ¿Lo está mi servicio a ti, Señor? Dios mío, llena mi corazón de tu amor. Porque sólo si tu amor me habita, podré vivir la comunión con mi hermano, que tú pides.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.