Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Después de escuchar las Bienaventuranzas, la “carta magna” de la comunidad mesiánica, proclamada por Jesús, algunos se preguntaban si había que romper con la religión judía que hasta ahora habían practicado. Jesús les dice: “No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.” Jesús no pretende hacer tabla rasa de la ley judía, sino purificarla y completarla. La Ley y los profetas (el Antiguo Testamento) son revelación de Dios y manifiestan su voluntad. Y Jesús ha venido para mostrar, con su vida, el modo perfecto de llevar a cabo la voluntad de Dios. Él cumplirá la ley, pero el suyo no será mero cumplimiento vacío de la norma como el de los escribas y fariseos, sino que será sumisión amorosa a la voluntad de Dios. Y a los suyos Jesús los invitará a hacer lo mismo: a no quedarse en el vacío cumplir, sino a profundizar y poner amor y sinceridad de corazón en lo que hacen. Nosotros, seguidores de Jesús, ¿estamos aun en el “cumplir”, o nos hemos atrevido a dar el salto para sumergirnos en el amor?
2. Las Bienaventuranzas no son meras leyes que cumplir. Sin espíritu, sin amor, las Bienaventuranzas ¿qué son? Por otra parte, ¿quién y cuándo podemos decir que hemos cumplido las Bienaventuranzas? ¿Cuándo podemos decir que somos suficientemente pobres de espíritu, o misericordiosos, o pacientes, o de corazón manso, etc.? La ley de la nueva alianza se afinca en el amor. Porque sin amor, ¿de qué sirve cumplir leyes y ritos? A lo largo del Sermón de la montaña, Jesús nos lo irá clarificando, al señalar algunos puntos en los que perfecciona la ley antigua. Serán sus famosos “Habéis oído…, pero yo os digo…” Señor, dame un corazón dócil, que acoja con gozo lo que me vas a enseñar en estos días. Por otra parte, Señor, para nosotros la ley eres tú, no ley escrita, sino “ley vivida”, “ Bienaventuranzas encarnadas”. Y ¿cómo vivir el espíritu de las Bienaventuranzas, cómo “vivirte” a ti con sólo nuestras fuerzas? Necesitamos, Señor, que nos des tu gracia, que nos des la fuerza del Espíritu Santo, para poder vivirlo.
3. Jesús concluye diciendo: “ El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos.» Las Bienaventuranzas propuestas por Jesús hay que vivirlas todas. En esto no hay “nada menos importante”. Porque, cuando se trata del amor, ¿hay algo que no tenga importancia? Cuando en el matrimonio, en la vida de familia, de comunidad, etc., a lo “menos importante” –a los detalles- les damos de lado, mala señal: el amor ha empezado a agonizar y puede morir. Lo mismo podemos decir cuando eso ocurre en la vivencia del evangelio, en la vida espiritual, en nuestra relación con Dios. Señor, enséñame a no despreciar nada de lo tuyo por más que piense que tiene poca importancia. Que te ame y ame tu Palabra tanto que todo lo tuyo sea importante para mí.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.