Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Otra vez Jesús condena el orgullo de los escribas. «¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes…” Ellos se revestían de la capa de hombres piadosos, pero todo era apariencia: en su corazón no había amor, sino orgullo; no buscaban honrar a Dios, sino las reverencias y alabanzas de la gente. Se creían mejores que los demás, y por ello, dignos de los primeros puestos. Jesús desenmascara abiertamente su falsa piedad, y condena que la aprovechen para, con el pretexto de largos rezos, sacarles sus bienes a las viudas. Estas críticas de Jesús ¿no nos alcanzan a nosotros? Porque, al hacer el bien, ¿qué buscamos?; ¿no buscamos a veces ser bien visto, y sacar provecho de nuestra “bondad”? Todos llevamos dentro un “escriba” vanidoso e hipócrita, que asoma apenas nos descuidamos. Señor Jesús, que no olvide que tú eres el único Señor y nunca te robe la gloria que sólo a ti te corresponde.
2. Si a los letrados, orgullos e hipócritas, Jesús los condena duramente, a los pobres y oprimidos Jesús siempre los defiende. Hoy, sentado frente a los cepillos donde los fieles depositaban sus ofrendas para el templo, ve que hay ricos que entregan cantidades importantes. Pero observa que una pobre viuda echa dos reales, muy poca cosa. Jesús se conmueve y la alaba: “Les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir » Frente a la falsa piedad de los escribas, Jesús descubre en esta mujer una verdadera piedad, un corazón que ama a Dios con todas sus fuerzas, con todo su ser. Los otros han dado de lo que les sobraba; ella se ha dado “toda ella”, pues ha echado “todo lo que tenía para vivir.” Y –como dice Schnackenburg- “una persona así no puede por menos de mirar por las otras personas necesitadas y, si es necesario, comparte con ellas hasta el último bocado”. Viendo la generosidad de esta viuda, me pregunto: de mi tiempo, de mis bienes materiales, de mis cualidades, de mi interés y preocupación, ¿qué doy a Dios y a los demás? ¿Doy “de lo que tengo para vivir” o “de lo que me sobra”? ¿Me pongo todo yo a disposición de Dios y de los demás? Si no es así, ¿qué piedad es la mía, Señor?
3. ¡Qué atento está Jesús a la actitud interior de aquella gente! Es lo que de verdad le importa. El no mira tanto lo que hacemos, cuanto cómo y por qué lo hacemos. ¿Qué ves en mi corazón, Señor; ¿ves sinceridad y amor como en aquella mujer pobre, o ves intereses torcidos y vanidad y orgullo como en el de los escribas? Por otra parte, Señor, hoy quiero aprender a dar importancia a lo “pequeño”, a lo aparentemente sin importancia. A veces no podré hacer grandes cosas, -como la viuda aquella no podía dar grandes limosnas-, pero, en la vida familiar y en mi relación con los hermanos, ¿cuántos pequeños detalles con los que pondría ayudar a los demás y alegrarles la vida paso por alto? Señor, que descubra su valor; que no me escude en que son cosas sin importancia
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.