Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Un escriba se acerca a Jesús y le pregunta por el mandamiento primero, el más importante. Jesús le respondes dos citas de la Biblia. La primera es el llamado Shemá: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”, es decir, amar a Dios con un amor total. Con un amor que supone escucharle, adorarle, buscar el encuentro con él en la oración, cumplir su voluntad... ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida, en mi corazón? ¿Es Dios mi único Señor o tengo otros señores? Señor, no permitas que en mi corazón adore a otros señores que no sean tú..
2. Amar a Dios es el mandamiento primero. Pero–aunque no le han preguntado por él- Jesús añade un segundo mandamiento: “El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos.” El amor al prójimo para cumplir la voluntad de Dios, era un mandamiento conocido ya en el judaísmo. Pero Jesús enseña algo nuevo: el amor al prójimo está indisolublemente unido al amor a Dios. De modo que no hay amor a Dios sin amor al prójimo, ni hay culto verdadero y agradable a Dios, si no va unido a la entrega al prójimo. No es discípulo de Cristo el que sólo ama a Dios; ni lo es el que sólo ama al prójimo. Los dos amores han de ir juntos. “Esta equiparación del amor a Dios y del amor al hombre –escribe Atilano Alaiz- revela hasta qué punto Dios y Jesús se han identificado con el hombre, hasta sentirse afectados por todo lo que le afecta a cualquier ser humano.” Señor, que no me engañe; que mi amor al prójimo muestro que mi amor a ti es sincero. Y amar al otro bien sé que no es sólo no hacerle mal; es hacerle bien: ayudarle, servirle, perdonarle, compartir con él lo mío, preocuparme de él...
3. Al escuchar la respuesta, el escriba confiesa que Jesús tiene razón: el amor a Dios y el amor al prójimo “vale más que todos los holocaustos y sacrificios.” Y no sólo valen más, sino que sin este doble amor sacrificios y actos de culto de nada sirven. Jesús alaba al escriba: “No estás lejos del reino de Dios.” Señor, ¿puedes decir de mí que no estoy lejos del reino de Dios? Desde niño, conozco estos dos mandamientos, y siempre me han parecido admirables. Pero conocer y admirar no basta. “Sabemos” de verdad sólo aquello que “hacemos”. Sólo puedo decir que amo tus mandamientos, cuando los convierto en “vida”, cuando los pongo en práctica. Y desgraciadamente no siempre es así. Señor, concédeme la gracia de experimentar que me amas tú. Porque sé que sólo si me siento amado por ti, podré amar a Dios y amar a los demás como a mí mismo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.