Domingo 9º del Tiempo Ordinario (A)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 9º del Tiempo Ordinario (A)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

Moisés habló al pueblo diciendo: Mirad: hoy os pongo delante maldición y bendición: la bendición, si escucháis los preceptos del Señor vuestro Dios que yo os mando hoy; la maldición, si no escucháis los preceptos del Señor vuestro Dios y os desviáis del camino que hoy os marco, yendo detrás de dioses extranjeros que no habíais conocido. ( Deuteronomio 11, 26-28).

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día muchos dirán: «Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?». Yo entonces les declararé: «Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados». El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente. ( Mateo 7, 21-27) .

1. El evangelio de hoy nos pone en guardia sobre un peligro en el que podemos caer en nuestras relaciones con Dios: decir y no hacer; quedarnos en la Palabra “dicha” pero “no hecha”, confesar con los labios, sin pasar a la acción. Es decir, mucho hablar y mucho rezar, pero poco obrar. Y la verdadera adhesión a Jesús y a su programa de vida no lo muestran las buenas palabras, sino las buenas obras, el cumplimiento de las palabras de Jesús: “ No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. No es verdadero discípulo de Jesús el que “dice”, sino el que “hace”, no es el “proclamador”, sino “el hacedor de la Palabra.” Lo tuyo, Señor, fue siempre “hacer la voluntad del Padre celestial”, y así mostrabas que querías en todo lo que él quería. Y hoy nos dices que las puertas del Reino de los cielos sólo las abrirá el cumplimiento de la voluntad del Padre celestial. Señor Jesús, concédeme, que, en el último día, me presente ante ti con tu evangelio “hecho” vida y no sólo con el evangelio en los labios y en la cabeza.

2. La fe cristiana no es sólo la aceptación intelectual de un manojo de verdades, sino un proyecto de vida. Cuando un cristiano proclama que cree en Dios, proclama que acepta el plan que Dios nos ha revelado en Cristo, sobre nosotros y nuestra familia, sobre los demás y nuestra relaciones con ellos, sobre el mundo y la creación entera. Y es, por tanto, la vida vivida según ese plan de Dios, la que muestra la sinceridad o mentira de nuestra confesión de fe, si somos discípulos de Jesús o no. A los que no le confiesen con la vida, por más que hayan tenido su nombre siempre en la boca, al final de los tiempos, Jesús no los reconocerá como de los suyos, y los rechazará: “«Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados.” ¡Qué triste sería, Señor, haber pasado la vida hablando de ti, proclamando tu mensaje a unos y otros, rezando no sé cuánto al día, participando en procesiones y otras manifestaciones religiosas, etc., y después escuchar ese rechazo tuyo! Y me puede pasar. Porque es tan fácil, Señor, engañarse uno mismo y quedarse en el hablar, y no vivir… Líbrame, Señor, de ese peligro.

3. Concluye el evangelio con una parábola. En ella aparecen dos actitudes muy distintas: la de un hombre sensato que edifica su casa sobre roca firme, de modo que, cuando llegan las lluvias y los vientos, la casa resiste. Así dice Jesús que es el que escucha su palabra y la cumple. Cuando lleguen la persecución y demás dificultades y contrariedades, el edificio de su vida cristiana resistirá, pues en su construcción obró sabiamente y edificó sobre la firmeza de la palabra vivida. En contraste, está la actitud del necio, que edificó su casa sobre arena, y cuando llegaron las lluvias y los vientos, se la llevaron por delante. Así ocurre –dice Jesús- al que escucha sus palabras y no las pone en práctica. Cuando llegan las dificultades, el edificio de su vida de fe se va a pique, no aguanta, porque edificó sobre palabras hueras, sin contendido, sin peso y firmeza de vida. ¿Nosotros en dónde estamos: afincados en la sensatez, construyendo la casa de nuestra vida cristiana sobre la Palaba vivida, “hecha”, o somos de los necios que construyen sobre lo movedizo de la Palabra sólo “dicha”? Señor, como Moisés decía al pueblo (1ª lect), hoy tú pones ante mí la “bendición” y la “maldición”: la bendición de escuchar tu Palabra y vivirla, y la maldición de saberla y hablarla… sin vivirla. Señor, que escoja bien, que sea un “creyente-en-acción”, que trabaje para cambiar este mundo, tan alejado de tu proyecto de amor.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

01/06/2008


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