Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Baja Jesús del monte Tabor con los tres que le han acompañado y se encuentra con los otros discípulos y con la gente. Un padre le explica que sus discípulos no han podido curar al hijo enfermo, y Jesús muestra su frustración: la gente sigue sin creer en él y en su mensaje, y sólo lo buscan porque esperan que les ayude en las necesidades materiales. Es lo que les reprocha: -«¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?» Los mismos discípulos no terminan de fiarse plenamente de Jesús y de aceptar su mensaje sin ponerle “peros”. O tal vez pensaron que ellos se bastaban para sanar a aquel muchacho, y fracasaron. No han aprendido aún que sólo apoyados en Jesús y en su nombre podrán vencer las fuerzas demoníacas del mal y del pecado. Es lo que les recuerda Jesús cuando, al preguntarle por qué no han podido echarlo ellos, les dice: “-«Esta especie sólo puede salir con oración.»
2. ¡Qué bien me viene escuchar esto, Señor! Porque, a veces yo también pregunto: ¿Por qué este no-progreso, este enfriamiento y amodorramiento en mi vida espiritual?, ¿por qué esta falta de frutos, esta sequía en mi vida cristiana personal y en mi apostolado, en la familia, en mi ambiente? ¿Por qué este no avanzar el Reino de Dios en nuestro mundo? Hoy, escuchando tu respuesta a los discípulos, comienzo a entender: “Esta especie de demonios sólo puede salir con oración-. Y ¿cómo sin orar –u orando poco- quiero arrancar de mi corazón tanto mal como aun hay en él, y que mi vida espiritual progrese, y mi apostolado dé frutos, y cambie mi familia y mi ambiente? Señor, que no olvide lo que hoy me has enseñado una vez más. Y que ore, que ore.
3. La lección dada a los discípulos tenemos que aprenderla nosotros también. Como los apóstoles, solos, ¡qué poco podemos hacer! En el orden de la gracia, en la construcción del Reino de Dios, en la lucha contra el mal que hay en nosotros y en el mundo, nada lograremos, si no nos apoyamos en la fuerza del Señor. Pero unidos a él, apoyados en la fe, es decir, confiando plenamente en el amor y el poder liberador de Jesús, los caminos se abren: "Todo le es posible al que cree", dice Jesús a aquel padre. Y entonces del corazón del padre brota esta emocionada y confiada oración: «Tengo fe, pero dudo; ayúdame.” Y la oración arranca a Jesús la curación de su hijo: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Vete y no vuelvas a entrar en él.» Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió”. Schnackenburg escribe: “la oración pone asedio al poder de Dios, no ciertamente como un medio para disponer de él, sino como una llamada humilde y apremiante que espera de Dios, con fe, lo que es humanamente imposible.” Hoy, Señor, como el padre de aquel muchacho te digo: «tengo fe, pero dudo; ayúdame.» Aumenta mi fe, que mi confianza y mi adhesión a ti y a tu mensaje sea cada vez más firme.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.