Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los discípulos habían seguido a Jesús con entusiasmo. Y el entusiasmo ha ido creciendo con sus enseñanzas y con los signos que le han visto hacer . Pero ahora las cosas empiezan a complicarse: les ha hablado de que tiene que morir. Y esto les hace, de alguna manera, entrar en crisis. Ya vimos cómo Pedro se rebeló y se negaba aceptar ese camino de humillación. Es entonces cuando Jesús sube al monte -con Pedro, Santiago y Juan, los tres más rebeldes-, para orar. Allí , junto al Maestro, viven la experiencia de la transfiguración y escuchan la voz del Padre: “ Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. Con ello, Señor, les concedes pregustar –en anticipo- tu triunfo y glorificación, para levantarles el ánimo y comprendan que han de seguir escuchándote, que vale la pena seguirte, aunque tengas que pasar por el desprecio y la muerte. Porque al final de de ese camino de humillación está la glorificación.
2. También nosotros hemos seguido a Jesús. Y a veces experimentamos también el desánimo y nos resulta muy difícil seguirle. Por eso necesitamos retirarnos a la “montaña para orar”, para tener momentos de intimidad con el Señor, para agarrarnos a él y empaparnos de su amor y escuchar en nuestro corazón la invitación del Padre: Escuchadle. Sí, Señor, necesitamos seguir escuchándote para comprender q ue merece la pena seguir tu camino, vivir tu evangelio, amando a Dios y a los hombres, aunque nos cueste renuncias y sacrificios. Porque, Señor, sabemos que ese camino no acabará en el fracaso de la cruz, sino en una vida transfigurada.
3. Hoy tenemos que preguntamos si buscamos esos encuentros con el Señor. Ojalá comprendamos que muchos cansancios nuestros desaparecerían si fuésemos fieles a ese rato de oración de cada día, en el que podemos experimentar la presencia cálida de un Dios que nos habla al corazón y aviva nuestra fe. Una experiencia de fe que nos va transformando poco a poco y va cambiando nuestra visión de las cosas y nos hace vivir la vida de manera diferente… Señor, ten misericordia de mí, hazme persona de oración.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.