Viernes de la 6ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
«Y llamando a la gente a que se reuniera con sus discípulos, les dijo: El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga. Porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí y por la buena noticia, la salvará. Y luego, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si le falta la vida? Pues ¿qué podrá dar para recobrarla? Además, si uno se avergüenza de mí y de mis palabras entre la gente ésa, idólatra y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre.» ( Marcos 8, 34-39) Ayer Jesús anunciaba a los discípulos cuál iba a ser su final: ser rechazado, condenado, morir y resucitar al tercer día. Hoy les dice cuál será el de los que le sigan. No deben engañarse: ellos siguen a un Mesías que va a morir en cruz para salvar a la humanidad, no a un Mesías rey triunfador. Y el seguidor ha de seguir el mismo camino que el Maestro. En primer lugar: “El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo.” Es decir, ha de renunciar a la ambición de tener y acaparar bienes y riquezas, de buscar el prestigio a toda costa y dominar a los demás, y, por contra, elegir vivir la entrega y el servicio a Dios y a los demás... Señor, ¡cómo asusta oír estas exigencias! Porque supone echar por la borda nuestras ambiciones y apetencias: el prestigio social, el aplauso, los placeres, las riquezas, la comodidad del pequeño y confortable mundo que nos hemos construido... Eso es lo que nos apetece, Señor, ¡pero no es lo que tú buscaste! No fue el camino que tú escogiste. ¡Tu mesianismo no fue ése! En segundo lugar, “ que cargue con su cruz y entonces me siga. ” Es decir, asumir con valentía las consecuencias que implica ser discípulo de Cristo: vivir el amor, la entrega y el servicio a los hermanos, comprometerse en la construcción del Reino, y aceptar las renuncias que ello supone. Como lo hiciste tú, Jesús, que llegaste a dar la vida por ello. Para nosotros la muerte tal vez no sea un peligro inminente; pero sí están ahí el cansancio, la renuncia a muchos gustos y caprichos, las desilusiones e ingratitudes que hay que sufrir, las incomprensiones por parte de una sociedad que exalta y persigue otros valores… ¿Cargo cada día con mi cruz? A veces, Señor, me pesa demasiado. Son pocas mis fuerzas. Ayúdame tú para que pueda seguir adelante. “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí y por la buena noticia, la salvará.” Advirtamos: Jesús no impone, sólo propone el camino para la realización del hombre, para salvarse. Somos nosotros los que escogemos. Dos posibilidades presenta: Una: “salvar su vida, es decir, vivir sólo para conservar esta vida física, sin ponerla a disposición del Reino y de los demás. El que así obra, “la perderá”, porque no podrá evitar que un día la muerte se la robe. Y dos: “el que pierda su vida por mí y por la buena noticia, la salvará”, es decir, el que ponga esta vida a disposición del Reino y de los demás, ése “la salvará,” seguirá viviendo, porque para él la muerte física no será el final. Como no lo fue para Jesús. Y añade el Señor: “ Y luego, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si le falta la vida?” ¿De qué servirá acaparar riquezas, triunfar, conseguir fama y poder, etc., si nada de eso podrá evitarle la muerte? Con estas palabras Jesús no pretende meternos miedo; pretende animarnos a elegir bien, inteligentemente. Ni amenaza con un castigo de Dios; es el hombre el que, por elegir mal, puede “castigarse” y destruir su vida. Señor, que aprenda que en la lógica del evangelio “perder” es “ganar”. Tú perdiste la vida en la cruz, pero la ganaste en la Resurrección. Que hoy comprenda, Señor, que seguirte a ti y tu proyecto del Reino es el único camino para ganar la vida, para superar la muerte, y alcanzar la resurrección, la vida en plenitud en la casa del padre.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
16/05/2008
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