Jueves de la 6ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus discípulos: -«¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: -«Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas. » El les preguntó: -«Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: -«Tú eres el Mesías.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: -«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: -«¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! » ( Marcos 8, 27-33). Jesús sigue peregrinando de pueblo en pueblo. Hoy, mientras camina, pregunta a los discípulos sobre lo que la gente piensa de él. Ellos le dicen que andan desconcertados. Le admiran, piensan que es alguien importante, pero ¿quién?, ¿el Bautista?, ¿Elías?, ¿uno de los profetas? No saben. Pero a Jesús lo que de verdad le importa es la opinión de los suyos, de aquellos a los que él eligió y le siguen. De ellos espera un conocimiento más profundo de su persona y de su misión: -«Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Es lo que hoy me preguntas a mí, Señor. Y me pregunto también yo: ¿Quién eres en verdad para mí, Señor?
Pedro contesta con decisión: «Tú eres el Mesías.» Pero cuando oye que Jesús tiene que padecer, ser condenado, morir y resucitar al tercer día, Pedro no lo puede soportar y quiere apartarle de ese camino; piensa que el destino del Mesías debe ser otro: de gloria, de poder, de triunfos. Así de inmadura e imperfecta era la fe de Pedro. ¿Y la nuestra cómo es? ¿No caemos en la misma tentación de Pedro? Confesar que Jesús es el Mesías, pero aconsejarle de inmediato cómo tiene que hacer las cosas: que se acomode a nuestra mentalidad y lógica; decirle cómo hay que vivir el evangelio hoy: sin exagerar, suavizándolo, quitándole las aristas que cortan más y espantan a la gente..., en definitiva, ¡un evangelio sin sacrificio, sin renuncia, sin cruz! A Pedro, Señor, lo apartas y le reprochas: -«¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! » Y a mí ¿qué me dices?... ¡De verdad, Señor, qué difícil me resulta muchas veces pensar como Dios y aceptar sus planes!... Ilumíname. Ayúdame a renunciar a mi lógica mundana. Que no tema dejarme guiar por la lógica de Dios. Es la única que lleva a la Resurrección.
Terminemos preguntándonos de nuevo: ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Cómo es nuestra fe en él, qué lugar ocupa en nuestro corazón y en nuestra vida? Hablando de esto, un misionero decía: “En África he visto a mucha gente recorrer 100, 200 kilómetros los domingos para ir a misa. ¿Quién es Jesús para ellos? Para ellos, es el centro de su vida. Por eso no dudan en recorrer, con gran sacrificio, grandes distancias para participar en la eucaristía del domingo y unirse a su Señor”…. Hoy me estremece y sonroja, Señor, la fe de esas gentes. ¡Qué lejos me veo de ella, después de tantos años de llamarme cristiano! Despierta y aviva mi fe medio dormida. Que para mí, Señor, tú lo seas todo, que de verdad seas el Señor, el centro de mi vida.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
15/05/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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