Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. La felicidad, la dicha, ¿quién no la desea? Y ¿por qué no la conseguimos? ¿Cómo y dónde la buscamos? La sociedad presenta sus caminos: el poder, los honores, las comodidades, ser apreciados, etc. Y, como se piensa que eso lo da la riqueza, el “tener” y acumular es lo que se busca. ¿Y cuál es el resultado? Una sociedad en la que la gente tiene más cosas, pero de verdad ¿es más feliz? Tal vez lo digan o finjan; pero apenas se profundiza un poco en sus vidas, encontramos que la gente sufre, y que son muchos los que viven en el hastío. Nosotros mismos, allá en lo profundo de nuestro corazón, ¿somos felices?... ¿Qué nos ocurre, Señor? ¿Es que estamos condenados a buscar y buscar la dicha, y nunca encontrarla? ¿O es que la buscamos donde no está, o la esperamos de lo que no puede dárnosla?
2. Hoy comenzamos a meditar el llamado Sermón de la Montaña, que nos trae san Mateo en su evangelio. Se le ha llamado la “carta magna” de la comunidad del Reino mesiánico, el código de la nueva alianza. En este Sermón Jesús nos presenta cuáles son las actitudes profundas de los que acogen el Reino. Comienza proclamando las Bienaventuranzas, que son -podríamos decir- la “propuesta” de Jesús para ser felices. Por ocho veces proclama Jesús: Dichosos... Dichosos... Dichosos... Son ocho caminos o puertas que Jesús propone para la dicha, ocho categorías de personas dichosas: los pobres, los humildes y sencillos, los de corazón misericordioso, los que trabajan por la paz, los perseguidos por buscar la justicia, los que lloran y son perseguidos, los limpios de corazón. Es gente que esta sociedad juzga desdichados. Por eso, nos asusta esta “propuesta” tuya, Señor, y son muchos los que la rechazan y hasta desprecian. Nosotros mismos, que nos decimos cristianos, ¿no pensamos en parte así? ¿Por qué, Señor, no acogemos con gozo tus Bienaventuranzas?; ¿por qué no nos fiamos de ti, Señor?
3. Nosotros no despreciamos, como otros, las Bienaventuranzas; pero tampoco las escuchamos como una “buena noticia”, sino como un código moral, una serie de renuncias que vienen a aguarnos la fiesta de la vida. Cuando lo que el Señor nos anuncia es el camino que lleva al tesoro escondido de la dicha que buscamos. Como el padre bondadoso que dice a sus hijos: Vosotros buscáis con ahínco ser felices y dichosos, pero lo buscáis en la riqueza, en el triunfo y el aplauso y ser importante, y, como no lo conseguís, os sentís desgraciados y fracasados. Mirad, ¡si acogierais el Reino como lo acogen los pobres, los sencillos y humildes, los que son misericordiosos y perdonan, los que ayudan a los demás a salir de la miseria y de la situación injusta que les hace sufrir, etc., experimentaríais que la alegría y la dicha os saldría al encuentro y llena-ría vuestro corazón... Señor, ¡qué necios somos! Vemos la dicha y la alegría de un Francisco de Asís, de un Vicente de Paul y de tantos otros que han vivido y viven las Bienaventuranzas, eligiendo el camino del desasimiento de las cosas materiales, de la entrega y el servicio a los más necesitados, etc., y los admiramos y envidiamos; pero no nos atrevemos a dar el salto, para caminar por ese camino. Señor, cura nuestra cobardía, que abramos el corazón a tu Reino.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.