Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy celebramos que el Señor Jesús no nos ha dejado solos, sino que ha querido permanecer entre nosotros bajo las especies de pan y vino. En la Eucaristía el Señor sigue siendo el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Y no sólo está con nosotros, sino que nos ama tanto que se parte y se nos entrega como alimento. Por eso ésta es una fiesta, Señor, para darte gracias y para llenarnos de alegría. Gracias, hoy y siempre a ti, Jesús Eucaristía, por tu amor.
2. Ser cristiano no es sólo aceptar una serie de verdades; es vivir la vida de Cristo en nosotros. Desde el bautismo y por el bautismo nosotros vivimos como injertados en Cristo, como el sarmiento vive unido a la cepa de la vid, como los miembros del cuerpo al cuerpo. Cristo vive en cada bautizado. Y esta vida - como la vida humana - tiene que ser alimentada, si queremos que sea una vida vigorosa y fuerte. Lo dijiste tú, Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida…” ¿Por qué esta vida cristiana tan raquítica de muchos de nosotros? ¿No será que no la alimentamos o la alimentamos mal? ¡Cuánta rutina, Señor, en nuestras eucaristías! Por eso el amor no crece en nosotros.
3. La eucaristía es también alimento que nos une. En la eucaristía todos comemos el mismo pan, que es el Cuerpo del Señor; todos nos hacemos una misma cosa en él y por él. Pero ¿manifestamos esta unidad en la vida? Señor, hemos de confesar que no o que muy poco. Celebramos la eucaristía, comulgamos en el mismo pan y el mismo cáliz, que son tu Cuerpo y tu Sangre, pero ¿esto nos hace más solidarios, o continuamos caminando cada uno por nuestro lado, encerrados en nosotros mismos y en lo nuestro, como si los demás no tuvieran nada que ver con nosotros…? ¡Qué otra cosa ocurría en la primera comunidad! Dicen los Hechos que “se reunían para partir el pan… y eran un sólo corazón y una sola alma… Y todo lo ponían en común…” ¡Qué absurdo, Señor, celebrar la eucaristía y comulgar, y después seguir desunidos, distanciados, aislados, aferrados cada uno a “lo mío”! ¡Qué contradicción compartir el Pan del cielo y no querer compartir el pan de la tierra; compartir tu Cuerpo y tu Sangre, Señor, que se entrega a todos por igual, y continuar sin entregarnos nosotros ni lo nuestro! Señor, que tu eucaristía nos cambie. Que nuestros egoísmos se rompan cada vez más al celebrar la eucaristía.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.