Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El Domingo de Pascua es el domingo de los domingos. La fiesta de las fiestas para los que creemos en el Resucitado. De ella vivimos los cristianos. Cada domingo nosotros nos reunimos para celebrar la Pascua del Señor, el “paso” de Jesús al Padre, arrebatándonos y llevándonos a todos consigo. Hoy es día para abrir las puertas del corazón y dejar que toda la alegría de la liturgia se nos meta dentro y nos levante el ánimo y nos haga gritar: ¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya! Lo dijo san Agustín: Nosotros somos los hombres y las mujeres de la Resurrección, y nuestro canto es aleluya. Los cristianos no somos los del “viernes”, somos los del “domingo.” No sólo creemos en uno que murió, sino en uno que ha vuelto del cementerio; no creemos en uno que entró en el sepulcro, sino en uno al que Dios sacó del sepulcro… ¡y vive!
2. El viernes veíamos cómo José de Arimatea colocaba el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Hoy, primer día de la semana, vamos al sepulcro con María Magdalena. Y, con Magdalena, encontramos que la losa que cerraba el sepulcro está quitada. Y, con Pedro y con Juan, entramos en la tumba, y el cuerpo roto de Jesús no está allí. Juan confiesa que “vio y creyó”. Y también nosotros vemos y creemos que el grano de trigo enterrado, ha dado fruto, ha resurgido. Los jefes de los judíos dijeron “no” a Jesús y a su mensaje de amor y entrega, de misericordia y perdón. Y se lo quitaron de en medio, crucificándolo. Desde la cruz Jesús gritó: ¿Padre, por qué me has abandonado? (Mt 27,46). Pero el Padre no lo abandonó. El Padre escuchó su grito. La injusticia de las autoridades ju-días, y la cobardía de Pilatos, y la ingratitud del pueblo que prefirió a Barrabás, lo metieron en el sepulcro. Pero al que los hombre dijeron “no”, el Padre ha dicho “sí”. Y ahí lo tenemos: lo ha levantado de la tumba, lo ha resucitado… Alegrémonos y gritemos a todos los vientos nuestro gozo: “¡Alegría ¡, ¡alegría!, ¡alegría! / La muerte en huída, / ya va malherida. / Los sepulcros se quedan desiertos. / Decid a los muertos: / “Renace la Vida, / y la muerte ya va de vencida!“(Himno de Laudes).
3. Y con Jesús el Padre nos ha sacado de la tumba a todos los que hemos creído en el Hijo. Al quitar la losa del sepulcro de Jesús, ha quitado todas las losas de todos los sepulcros. Dice S. Pablo: “Los que hemos muerto con Cristo, hemos resucitado con él a una vida nueva.” Y el Prefacio de hoy proclama: “Muriendo destruyó la muerte, y resucitando restauró la vida”. Los discípulos lo experimentaron: con la losa del sepulcro de Jesús, fue levantada la losa de la tumba de su cobardía, de su miedo, de su egoísmo, de su ambición de poder y querer ser más que los demás. Por eso, nosotros hoy celebramos, no sólo que Dios ha resucitado a Jesús, celebramos también que el Padre nos ha abierto a todos las puertas de la vida y del amor: la Vida es posible, el Amor es posible. Y, resucitando a Jesús, el Padre nos garantiza que una vida gastada -como la gastó él- en la lucha por la construcción del Reino de la vida, del amor, de la justicia, de la paz, del servicio, de la entrega, del perdón... es una vida con futuro, no termina en la tumba y el fracaso. Abramos, pues, hoy las puertas a la alegría y a la esperanza. No caminamos hacia la muerte, caminamos hacia la Vida: Muerte y Vida lucharon, / y la muerte fue vencida. /¡Aleluya! ¡Aleluya!
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.