Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús sigue haciendo el bien, haciendo avanzar el reino del amor. Pero los letrados, los “buenos”, los “entendidos” y maestros en materia de religión se niegan a creer. Para desacreditar a Jesús ante la gente que le sigue, comienzan a sembrar la sospecha sobre él: "Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios". ¡Qué ceguera y qué malicia! La Bondad y el Amor de Dios están ahí, obrando en Jesús, y ellos negándose a ver, resistiéndose a aceptar que la fuerza de Dios actúa en él. Señor, quiero detenerme en este misterio de obstinación que me estremece: tú llamando a la puerta, y ellos no te abren, tú ofreciendo la salvación, y ellos rechazándola y no escuchándote… ¡Qué duro y entristecedor debió resultarte ver que tus llamadas insistentes no lograban romper la dureza de aquellos corazones! Pero... ¿no es lo que yo he hecho y hago tantas veces? ¿No rechazo tu gracia muchas veces? Señor, ten misericordia de mí.
2. Ayer veíamos que sus familiares decían de Jesús que estaba loco; ahora estos letrados le acusan de “endemoniado”, de enemigo de Dios. Ellos, en su orgullo, sí que han perdido el seso para decir lo que dicen. Y –cobardes- lo dicen a espalda de Jesús, sin atreverse a enfrentarse directamente con él. Por eso, Jesús les dice que se acerquen, y, de un manotazo y con aguda ironía, tira por tierra su absurda acusación, mostrando lo contradictorio que es querer subsistir y a la vez luchar contra uno mismo. Por eso les dice: “si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido”. Son ellos –no él- los que está contra los planes de Dios, al oponerse a su mensaje y a sus acciones liberadoras a favor del hombre… Y es que, cuando hay mala fe, al querer justificar actitudes no justificables, fácilmente se cae en el absurdo o el ridículo en los argumentos. ¿Con qué argumentos defiendo yo, Señor, mi mediocridad cristiana, mi miedo a comprometerme más contigo y tu evangelio, mi mezquindad en el servicio a los demás, mi dejar en un rincón la oración…? Señor, desenmascara hoy -y siempre que lo intente- mis falsos argumentos para defender mi tibieza en seguirte, y hazme ver claramente mi mentira.
3. Finalmente, sorprende oír a Jesús hablar de no perdón, él que es el perdón y la misericordia infinita: “Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres…; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás”, dice. Y es que Dios está siempre dispuesto a perdonar; pero ¿cómo perdonará al que no quiere ser perdonado, al que no se abre a su perdón sino que lo rechaza? Era lo que les pasaba a aquellos letrados de Jerusalén: obstinados, habían endurecido su corazón hasta el punto de rechazar conscientemente la invitación a la conversión que les hacía Jesús. Tú, Señor, quieres perdonarles, pero ellos se cierran a tu perdón, y esa actitud hace ineficaz tu misericordia. Yo, Señor, sí quiero aceptar tu perdón. Soy débil, soy pecador, te traiciono y me alejo de tus caminos muchas veces; pero tú sabes que te quiero, perdóname; hazme experimentar el gozo de sentirme tan amado por ti que me perdonas. María, Madre, refugio de los pecadores, ruega por nosotros.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.